Cultura y Libros

Cuando la lucidez se hermana con la belleza

En su último libro, Polichinela o divertimento para los muchachos, el filósofo italiano Giorgio Agamben vuelve a probar que es una excepción y raya a gran altura.

Domingo 10 de Noviembre de 2019

En su último libro, Polichinela o divertimento para los muchachos, el filósofo italiano Giorgio Agamben vuelve a probar que es una excepción y raya a gran altura

Sebastián Riestra

Ubi fracassorium, ibi fuggitorium ("donde hay una catástrofe, hay una vía de fuga"), cita Giorgio Agamben en el punto de partida de su último libro publicado en la Argentina, Polichinela, o divertimento para los muchachos, magníficamente editado —tal cual ya es costumbre— por Adriana Hidalgo. Y lo que acaso Agamben no sepa, pero tal vez intuya, es que su propia obra resulta ser una adecuada ilustración de la verdad de tan certera frase.

Con derecho, el lector se preguntará de qué va este paralelo. La respuesta es sencilla: en el deprimente panorama del pensamiento contemporáneo, dividido entre el academicismo tan autorreferencial como estéril y aquellas obras que parecen destinadas a que las comprenda solo una pequeña tribu de entendidos, cada texto de Agamben viene a demostrar, una vez más, que otra ruta es posible. Y necesaria.

Ocurre que este notable italiano (Roma, 1942), que supo ser discípulo de Martin Heidegger y exhibe una gama vastísima de intereses, sabe tanto suscitar hondas reflexiones como generar placer en quien se sumerja en su lectura. ¿Placer al leer filosofía?, se dirá. Claro que sí. ¿O no provocan placer, por ejemplo, Platón, Nietzsche?

En este texto, Agamben lo sugiere ya desde el mismo nombre que lo preside: ¿o acaso la palabra que encabeza el subtítulo, divertimento, no nos está hablando en voz baja? A partir del álbum de ciento cuatro tablas en las cuales el pintor y grabador Giandomenico Tiepolo (1727-1804), recluido en su villa de Zianigo, ilustró la vida, aventuras, muerte y resurrección de Polichinela, el filósofo se lanza a la escritura.

Como plantea la contratapa de la obra: ¿quién es realmente Polichinela, el legendario personaje de la commedia dell'arte? Acaso la respuesta que pueda darse a esta pregunta no sea lo importante, sino el camino que se recorra para aproximarse a ella.

Agamben, ya lejos de la juventud cronológica, cree en la risa, no en el llanto: "La comedia es más antigua y profunda que la tragedia", se anima a disparar. Porque —y atención a esto— "toda supervivencia es involuntariamente cómica".

Las páginas pasan y la hondura aumenta. Sin embargo, y de un modo nada casual, el tono del escriba es liviano, satírico, hasta insospechadamente tierno en ocasiones. Aunque detrás, cuidado, está el hombre que mezcla las cartas y entonces, discretas, acechan las grandes definiciones: "Que cada quien sea irreparablemente como es: esto es Polichinela", lanza el autor del reciente y conmovedor Autorretrato en el estudio. Y nos deja de pie ante lo ineluctable, no sin habernos arrancado una sonrisa.

Acaso Agamben peque, en este entrañable libro, de ser crepuscular. Tal vez un exceso de sabiduría haya limado su capacidad de rebelarse, su vínculo íntimo con la pasión y la furia; posiblemente no queden, en la Europa contemporánea, grandes reservas de ambas. Lo que vale aquí, sin embargo, más allá de cierto trasfondo melancólico del que resulta imposible sustraerse, o incluso de un gesto casi imperceptible de adiós flotando en el aire, es la lucidez, que cuando hablamos de Agamben se hermana siempre con la belleza.

A ver: "En la vida de los hombres (...) lo único importante es encontrar una vía de salida. ¿Hacia dónde? Hacia el origen".

Punto.

Y aparte.

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