Cultura y Libros

Cuando la literatura se abraza con la historia

Marcos Rosenzvaig construye sus atrapantes novelas sobre la base de hechos reales del pasado nacional.

Domingo 09 de Septiembre de 2018

Marcos Rosenzvaig escribe exitosas novelas cuyo disparador siempre está en la historia de su patria. Narrador, director teatral, dramaturgo y ensayista, este tucumano cree que de ese modo también relata la actualidad. En charla con Cultura y Libros, se refirió a la gestación de Monteagudo, anatomía de una revolución (Alfaguara), Cabeza de Tigre, la patria que nos robaron (Marea) y la más reciente, Perder la cabeza (también editada por Alfaguara). Su mirada sobre la Argentina de hoy resulta transparente: "En un país donde los políticos hacen una fiesta de globos que no tardarán en pincharse en el aire, estas obras intentan mostrar cabezas ajenas al vacío mediático".

—Las tres novelas toman momentos fundacionales de la nación. La primera pregunta que surge es si hay que leerlas como una trilogía.

—Cada una de las tres novelas se lee de manera independiente. Hay un personaje en común que las une. Es un estudiante que está huyendo de los uniformados en los años 70. Si proyecto ese mismo personaje en la historia argentina, lo encontraré torturado en una escuelita, en el exilio económico durante el 2001 o derrotado por esta falsa democracia actual que hace de los poderes su propio carnaval: el financiero, el represivo, la Justicia y los medios de comunicación. La democracia en los tiempos actuales es la construcción más inteligente para que nada cambie. Los falsos cambios son solo disfraces acordes a los tiempos. Yo me sirvo de todo para contar historias, amo contar y soy feliz cuando el lector disfruta.

—¿Cuál es tu relación con la historia y por qué hacerle preguntas desde la literatura?

—La historia da cuenta de fechas, de batallas, de poderes económicos y pinta en trazos gruesos a hombres que la historiografía delineó como mármoles incorruptibles. La literatura hace trizas esas falsas imágenes y le devuelve a la historia la imagen del hombre. Jamás sabremos si es la real, pero sí la verosímil, aquella que se acerca al hombre en ese siglo, con las ambigüedades de los que aman y con las dudas de los que piensan. El otro día Felipe Pigna observaba que mis novelas hacen del lector un espectador en la butaca de un teatro o en la sala de un cine.

—Es cierto, se nota cierto despliegue escénico en el modo en el que los personajes se mueven y actúan. De hecho vos sos dramaturgo y director y has estudiado la obra de Tadeusz Kantor. ¿Sos consciente, a la hora de escribir, de cierta puesta en escena narrativa?

—El teatro fluye en mí, casi ni me doy cuenta cuando escribo que estoy armando, no solo la trama, sino también los escenarios, el vestuario, las luces, el tono de los personajes y sus costumbres. La historia es apasionante y cuando hacés hablar a esos personajes que vivieron te sentís un poco ellos, algo así como vivir de la palabra lo que jamás viviré. El tiempo se burla de nosotros, juega como un gato con un ratón.

—El tiempo es un tema en sí mismo en tus novelas. El tiempo de una nación y sus desarrollos, sus frustraciones, también el tiempo individual. ¿Es una búsqueda consciente reflexionar sobre el tiempo?

—No, no lo es. Una carta une pasado, presente y futuro en Perder la cabeza, un pedazo de papel que nunca se llega a leer; las actas de la Independencia en Cabeza de tigre nunca aparecen, en la actualidad contamos con copias de las mismas. Esas actas también unen los tres tiempos, finalmente en Monteagudo, anatomía de una revolución. Noventa y dos años después de muerto llegan los restos de Monteagudo a la morgue judicial en 1917, año que se inauguraba. Esos restos dialogarán con un pasado más próximo al presente, el que vive el perito forense. Cuando a uno le resulta difícil pensar en sí mismo, escribir se transforma en una manera de reflexión sobre uno mismo y sobre lo que nos rodea, puede tratarse del pasado o del futuro. Todo transita en nuestras venas y así repensamos lo que nunca vivimos, el pasado histórico o un futuro que no llegaremos a vivir. Por otra parte quien escribe ocupa el tiempo y la vida se hace menos tediosa.

—El ida y vuelta entre momentos históricos distintos es recurrente en tus novelas... ¿A qué lo asociás?

—La historia de un hombre mantiene el formato de una montaña rusa, y se repite a través de los siglos. Lo vemos ascender hasta llegar al hipotético cielo y luego, allí, en la altura le llega el descenso hasta que la rueda aborda el final del viaje. ¿Y se paga? Sí, la vuelta hay que pagarla antes, durante o en el final del viaje. Como ves, nada es gratis. La vuelta al mundo es un correlato que se repite en el tiempo. Yo recurro a esos temas porque

allí están todas las preguntas, aquellas que el hombre continúa haciéndose: la existencia de Dios, la muerte, el amor, el tiempo, la venganza.

—El tema del amor es otra recurrencia en tus textos, siempre aparece como un motor de la narración. ¿Qué lugar ocupa el amor en la historia, en estas historias...?

—Todos estamos sedientos de utopías y el amor es un tópico que nos desvela. De las tres novelas, Perder la cabeza es la más pasional. Cuenta un hecho al estilo romántico del siglo XIX. Durante los tiempos de unitarios y federales, Rosas mandó a cortar, entre tantas cabezas, la de Marco Avellaneda y como escarmiento la hizo colgar en la plaza de Tucumán. Una mujer llamada Fortunata García aguardó el momento propicio para robarla y terminar sus días con ella como si fuese una muñeca. Hay quienes dicen que lo hizo por unitaria y otros, simplemente, por amor. Yo elijo esta variante para construir la novela. Monteagudo era un hombre seductor y se valía de su distinción para embriagar de sueños a las mujeres, pero una de ellas lo encandiló. El perito forense, con características disímiles, también corteja a una bibliotecaria que trabaja frente al edificio de la morgue judicial, en la calle Viamonte. Y en Cabeza de tigre más que el amor aparece la venganza, que podría tomarse como contracara del amor. Por otro lado también aparece otra clase de amor entre Antonio Grimau y su mujer Ana. En todo caso es un amor con las limitaciones que tiene un hombre para expresarse, para hablar en voz alta sus sentimientos.

—Una obsesión de tus personajes parece ser el lugar que van a ocupar en la historia. Hay una pregunta por el lugar del individuo en la historia colectiva, por sus elecciones, sus responsabilidades...

—El lugar que ocupan las tres cabezas de las tres historias que narro es la de una mística que se está perdiendo o que aparece en la actualidad con el formato de merchandising (remeras con la cara del Che). Los protagonistas de mis novelas ocupan el lugar de la derrota, y las elecciones que ellos persiguen están preñadas de patriotismo y revolución. Me siento cómodo entre aquellos que empeñan su vida para sembrar una patria digna, los que arriesgan sus vidas en pos de lo que creen, sea el amor o la revolución. Quien asume una elección de vida también asume una responsabilidad. En un país en donde los políticos hacen una fiesta de globos que no tardarán en pincharse en el aire, las tres novelas intentan mostrar cabezas ajenas al vacío mediático, a la superficialidad de charlatanes de feria, civilizados, y de políticos que de lejos observan el dolor haciendo un timbre raje en las casas de los humildes.

—¿Cómo es la convivencia con tus personajes durante el proceso de escritura? ¿Y qué pasa después con ellos, cuando la novela se cierra y sale al mundo?

—Viven dentro de mí. A veces me escucho hablar como ellos. Mientras dura la creación de la novela están presentes todo el día, no te abandonan, y cuando la novela se publica no solo que dejan de ser míos sino que los siento ajenos, en realidad pasan a ser de los lectores. Fueron míos durante el tiempo que duró la creación, Se supone que pasado ese tiempo ya estoy en otro momento, con otros desafíos, con otros proyectos. Mi ambición es que ellos sean recordados por los lectores, que puedan contribuir en sus vidas. Eso me dejaría satisfecho.

—No sería forzado asociarte con Andrés Rivera en el modo de indagar el pasado, como decías, desmontando el bronce de las estatuas. ¿Con qué otras obras o autores dialogan tus textos?

—La obra de Andrés Rivera, y en particular La revolución es un sueño eterno, es a todas luces inaugural en cuanto al tratamiento que hace de los seres de la historia. Otra novela que me gusta es de Abel Posse, El largo atardecer del caminante.

—¿Qué tipo de devolución de los lectores recibís? ¿Cómo te relacionás con eso?

—Es muy interesante y estimulante recibir la devolución de los lectores, siempre tan disímiles, a través de las redes. Cada lector reacciona allí donde le ajusta más el zapato. Están aquellos a quienes los enamora el personaje Ana de Cabeza de tigre y están aquellos a los que les fascina la travesía a caballo que hace el chasqui de la revolución llevando las actas de la Independencia. Como también están las mujeres que se identifican con un amor a toda prueba: así sucede con Fortunata en Perder la cabeza.

—¿Qué significa editar en un sello de prestigio internacional como Alfaguara?

—Tengo libros publicados en nueve editoriales. Sin lugar a dudas el hecho de que Alfaguara haya confiado en mí me llena de orgullo. Soy el segundo tucumano que edita en este sello, después de otro gran escritor, me refiero a Tomás Eloy Martínez, quien con un tratamiento diverso en cuanto a la novela histórica supo conquistar tantos lectores.

—¿A qué lector te gustaría llegar con tus textos?

—Uno no puede escribir lo que no es. Me gustaría ser leído de manera masiva, pero no es algo que un escritor pueda plantearse. Un escritor debe ser fiel a sí mismo, de lo contrario el fracaso será estrepitoso.

Jaime Marín

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