Cultura y Libros

Cuando gobierna el pánico

El 20 de junio de 1811 las fuerzas revolucionarias al mando de Juan José Castelli sufrieron una dura derrota contra el ejército español. Las razones del "desastre de Huaqui" permanecían hasta hoy en un cono de sombras. El joven historiador Alejandro Rabinovich buceó en los misterios de la batalla y produjo un trabajo que aunque no prescinde del rigor científico puede ser leído como una novela. Una charla a fondo

Domingo 11 de Marzo de 2018

"General, tu tanque es más fuerte que un coche./ Arrasa un bosque y aplasta a cien hombres./ Pero tiene un defecto:/ necesita un conductor.// General, tu bombardero es poderoso./ Vuela más rápido que la tormenta y carga más que un elefante./ Pero tiene un defecto:/ necesita un piloto.// General, el hombre es muy útil./ Puede volar y puede matar./ Pero tiene un defecto: / puede pensar", escribió una vez el gran dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht. A las líneas citadas podríamos agregarles que el hombre también puede sentir, y ambas cosas son las que diferencian a un humano de una máquina. Muchos relatos guerreros, tanto literarios, históricos como cinematográficos, muestran la guerra como un enorme escenario en el que sólo tienen voz y protagonismo los generales. Los soldados parecen meros autómatas o piezas de una especie de decorado colectivo, que cumplen órdenes y protegen a sus jefes. Así era la historia de las guerras y las luchas facciosas, con grandes hombres como protagonistas centrales.
En los últimos años la historiografía produjo nuevas lecturas de la guerra que tratan de analizarla como un hecho social, donde el soldado raso, las poblaciones que se veían afectadas por las batallas, también tuvieran su lugar protagónico. Fruto de estas relecturas es el nuevo libro de Alejandro Rabinovich, Anatomía del pánico. La batalla de Huaqui o la derrota de la Revolución (1811). En él su autor hace un análisis minucioso de una de las batallas más determinantes del proceso iniciado en 1810, una derrota que marcó los límites geográficos de la revolución rioplatense, en su pretensión de heredar el Virreinato del Rio de La Plata. En Huaqui, se perdió definitivamente el llamado entonces Alto Perú (actual Bolivia), en el marco de una misión liderada por el representante de la Junta Juan José Castelli. El llamado "Orador de la Revolución" había conseguido la simpatía de comunidades originarias en su camino, que las consecuencias de la batalla de Huaqui dieron por tierra. La contienda se desarrolló en junio de 1811 y tuvo la particularidad de que el ejército patriota fue derrotado por causas totalmente endógenas: los soldados se desbandaron y huyeron desordenadamente del campo de batalla sin que hubiera un ataque contundente del enemigo. En su huida saquearon comunidades y ciudades y ejercieron todo tipo de violencias, lo que hizo que los pobladores se levantaran contra ellos y se aliaran al ejército realista. El libro analiza esa situación de pánico, con un análisis minucioso de fuentes, y un trabajo de campo en el mismo terreno donde ocurrió el acontecimiento. De esta manera logra plantearse una serie de hipótesis muy fundamentadas en función de entender las causas de la actitud inesperada de los soldados, dándoles de esta manera el protagonismo que estuvo ausente en la historia militar tradicional.
El autor, Alejandro Rabinovich, nació hace 39 años en Bahía Blanca, pero estudió en la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la UNR, donde se graduó en 2003. De aquí fue a realizar su doctorado en París, en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, bajo la dirección del prestigioso historiador Juan Carlos Garavaglia. Doctor en Historia y Civilizaciones, su tesis recibió el premio a la historia militar otorgado por el Ministerio de Defensa de Francia. Volvió a la Argentina en 2010 para vivir en la Patagonia. Desde entonces enseña historia argentina en la Universidad Nacional de La Pampa y es investigador del Conicet. Ha publicado Ser soldado en las guerras de la independencia. La experiencia cotidiana de la tropa (1810-1824), y Anatomía del pánico...., libro por el cual accedió gentilmente a este diálogo con Cultura y Libros.

—Tu formación original es en ciencia política, ¿qué te motivó a dedicarte a la investigación histórica y particularmente a la historia militar?
—Ya desde las primeras materias cursadas en la facultad, me pareció fascinante como objeto de estudio ese momento en que dentro de un sistema la política deja de poder gestionar los conflictos y se recurre a la violencia para refundarlo. Las revoluciones, la violencia política y en última instancia la guerra se me fueron presentando como un horizonte de investigación posible. Claro que el tema podía tratarse desde la ciencia política, pero en aquel entonces había en la facultad dos profesores rosarinos muy recordados, historiadores de profesión, que me marcaron a fondo: Ricardo Falcón y Eduardo Hourcade. Con mucha generosidad, los dos me dirigieron en mis primeros pasos como investigador y gracias a ellos me fui decantando por la posibilidad de dar cada vez mayor anclaje histórico a mi trabajo, aunque sin abandonar necesariamente los aportes de la ciencia política.
—La historiografía más tradicional se centraba en la descripción minuciosa de batallas y guerras, cuyo desenlace dependía del "genio" de los estrategas militares. ¿Cuál es la propuesta de análisis que hacés en este libro?
—La historia militar tradicional, que se dedicaba a cantar alabanzas al genio estratégico de los generales fundadores de la patria, fue demolida en casi todos los países por la renovación de la historiografía durante la primera mitad del siglo XX. Queda siempre vigente en ciertos reductos castrenses, pero sin poder integrarse al campo historiográfico académico profesional. El problema es que la nueva historia social, a manera de reacción contra el predominio que había tenido hasta entonces lo militar, se olvidó de la guerra y su rol en la historia, como si al dejar de prestarle atención a lo bélico, la guerra y su traza de destrucción desaparecieran de la realidad. Hoy en día este vacío se está llenando con una metodología renovada y con todos los aportes de la mejor historia social y política. Yo no hablaría más de historia militar, sino de un campo nuevo: la historia social de la guerra. La guerra aquí ya no es entendida simplemente como aquello que hacen los militares profesionales durante sus campañas, sino que se la ve como un fenómeno social total, con consecuencias profundas sobre todos los aspectos del funcionamiento de una sociedad determinada.

—¿Por qué te pareció que valía la pena investigar el hecho puntual de una batalla como la de Huaqui?
—Ante todo, lo que buscaba con este libro es mostrar la potencialidad que tiene estudiar el combate como objeto historiográfico. Una batalla es un microcosmos donde se reflejan, y podemos detectar, muchos rasgos ocultos de una sociedad determinada. No es sólo una explosión de violencia: los valores sociales, el modo de producción económica, la fiscalidad, el desarrollo tecnológico o la forma de educación de los niños que adopta un pueblo se expresan en su forma de combatir. Por otra parte, quería mostrarle al lector el espectáculo de una batalla campal estudiada desde abajo, a ras del suelo. Los protagonistas del libro no son sólo tres o cuatro generales, sino que aparecen las voces y las experiencias de decenas de combatientes que cuentan con lujo de detalle, y sin pelos en la lengua, lo que era realmente pasarse una jornada luchando entre trece mil personas para salvar la vida y tratar de salvar una causa.

—¿Qué dificultades se encuentran para reconstruir el protagonismo de los soldados "rasos" en las guerras de independencia?
—Ese tipo de información es muy difícil de conseguir para las batallas de las guerras de independencia en Hispanoamérica. Si elegí el caso de Huaqui es porque con ese combate se dio una circunstancia excepcional: como el desastre fue tan grande e inexplicable, el gobierno les hizo un juicio a los oficiales que dirigieron la acción. Ese proceso, en el que declaran como testigos e imputados muchos de los participantes de la batalla, se conserva en el archivo y me permitió contar con una riqueza documental nada común. Huaqui representa, entonces, la única posibilidad que tenemos para conocer realmente lo que pasaba en aquella época cuando empezaban los tiros y los sablazos.

—¿Qué importancia tuvo esa batalla en el desarrollo de la Revolución rioplatense?
—Huaqui es la batalla más grande de nuestras guerras de independencia, pero si le preguntás a un argentino de hoy en día lo más probable es que no te pueda decir dos palabras sobre la misma. Es una batalla sin nombre de calle, sin actos en la primaria, sin lugar en el imaginario social. ¿Por qué? Porque nuestra historiografía sólo se dedicó a recuperar las victorias: Tucumán, Chacabuco, Maipú, que permitían elaborar un pasado glorioso para la nueva Nación. El tema es que, en términos históricos, las derrotas traen tantas consecuencias como las victorias, si no más. Si la Argentina sólo hubiera conocido victorias, sería la principal potencia mundial.

—Entonces esta derrota fue determinante del destino posterior de la Revolución...
—Sí, el marasmo en el que cayó el Río de la Plata tras las guerras revolucionarias duró varias décadas y condicionó todo el desarrollo posterior del país, y sólo se puede explicar si recuperamos una imagen completa del proceso revolucionario. Eso es Huaqui: el día en que la causa de Mayo encuentra su primer límite y choca de cabeza contra una pared. A partir de entonces la Revolución se tiene que reformular para sobrevivir, tiene que recalibrar sus objetivos y sus métodos. Va a haber avances y retrocesos, pero lo que planteo es que desde Huaqui la Revolución tiene que dejar de soñar y empezar a afrontar una realidad que se le hace cada vez más adversa. Concretamente la derrota hizo que se perdiera para siempre el Alto Perú (hoy Bolivia, que era la parte más rica del virreinato por las minas de Potosí) y que los realistas pudieran avanzar hasta Tucumán.

—¿Por qué el libro se centra en la situación de pánico que sufrieron los soldados?.
—Lo que caracteriza a la batalla de Huaqui, y lo que la transformó en un desastre nunca antes visto, es justamente que se desató un pánico tremendo entre las tropas revolucionarias. Eso hizo que, pese a que habían sufrido muy pocas bajas, y que una de las alas del ejército recién había empezado a combatir, la tropa se desbandara de manera incontrolable, corriendo cada soldado por su lado sin que los pudiesen parar. Así, en vez de perder un 10 o un 15% de la tropa, como en una derrota normal, al día siguiente de la batalla los comandantes revolucionarios estaban literalmente solos y del ejército no había quedado nada. Lo que me interesaba era tratar de entender cómo se desataba y funcionaba el pánico en esa época. Mostrar que no se trataba de un azar de la guerra, sino de un fenómeno social que respondía a ciertas condiciones. Para eso, a través de los testimonios de los combatientes, fui reconstruyendo el pánico en detalle: quién gritó qué y por qué, cómo lo interpretaron los demás, por qué salieron corriendo y cómo se fue contagiando batallón por batallón.
—Esa situación traumática, ¿qué nos dice acerca de las estrategias militares de los revolucionarios de 1810?
—El pánico es el límite encontrado por el Estado rioplatense de aquella época al intentar hacer la guerra según el modelo europeo. Los primeros gobiernos patrios intentaron hacer guerra de infantería, con ejércitos disciplinados armados de fusiles que se batieran según las reglas del arte. El inconveniente es que no tenían los recursos materiales, fiscales y humanos para poderlo implementar correctamente. Eran ejércitos improvisados y mal equipados tratando de hacer algo que iba en contra de la impronta y los hábitos de los reclutas que los conformaban. Termina mal: los ejércitos entran en pánico y se pierden en un minuto los enormes esfuerzos realizados durante meses o años para armar los batallones.

—¿Hubo otras situaciones similares en las guerras de independencia?
—Sí, el ejército de Belgrano se disuelve en un pánico muy similar en Vilcapugio. Al de San Martín le va a ocurrir algo parecido en Cancha Rayada. Con estas experiencias traumáticas los estrategas van cambiando de idea. Ya en la Campaña Libertadora del Perú, San Martín no acepta más batallas campales. Y de 1820 en adelante, tras el colapso del Estado central, las provincias rioplatenses van a empezar a ensayar un modo de guerra nuevo, miliciano y de a caballo, que se nutría más de lo que habían hecho Güemes y Artigas que de los reglamentos de la época.

—¿La situación de "guerra permanente" en el siglo XIX hispanoamericano fue determinante para que en el siglo XX haya sido el continente con menos guerras de fronteras?
—Efectivamente se percibe un contraste muy fuerte en la mayoría de los países sudamericanos. Desde las independencias hasta las décadas de 1880 y 1890 algunas regiones están en guerra casi permanente, ya sea por los conflictos internacionales, las guerras civiles o los conflictos de frontera con el indígena. En cambio, con la consolidación de los Estados nacionales a fines del XIX, Sudamérica se transforma en la región más pacífica del planeta, al menos si entendemos la paz como ausencia de conflictos internacionales. En el caso argentino, por ejemplo, entre la Guerra del Paraguay y la de Malvinas pasan 112 años sin una guerra abierta contra otro Estado. Es poco común en la historia internacional. Pero como nuestro caso también demuestra bien, que no haya guerras externas no quiere decir que no haya conflictos muy violentos en el interior del país, que pasó todo el siglo XX entre revoluciones y golpes militares. Me parece que entender mejor el paso de un período a otro, es decir cómo se salió de la dinámica guerrera del siglo XIX para pasar al Estado policíaco del siglo XX, es una de las cuentas pendientes de la historiografía y de los temas más interesantes que nos toca investigar.

—Como politólogo e historiador, ¿cómo ves la ausencia de épica del gobierno actual?
—Bueno, ante todo, no está escrito en ningún lado que un gobierno tenga que recurrir o no a una épica, por lo que no me parece ni mejor ni peor. Son estrategias diferentes de legitimación ante la sociedad. El gobierno actual tiene de por sí una relación muy liviana con la historia y el pasado en general, ya que se quiere presentar como un gobierno del presente y para el futuro. Ahora bien, en sus raras alocuciones sobre el tema, los funcionarios actuales pretenden "pacificar" la historia nacional, diluyendo conflictos y olvidando el contenido histórico de las luchas. En este sentido me pareció muy sintomático, por ejemplo, cómo se trabajaron los festejos del bicentenario de la Independencia argentina en 2016. Yo estuve el 9 de Julio en Tucumán y recuerdo la imagen del presidente con el rey de España al lado pero sin ningún primer mandatario latinoamericano que lo acompañara. El presidente abrió con esa famosa frase de "Querido rey..." y terminó hablando sobre la angustia que deben haber sentido un Belgrano o un San Martín al romper con España. Era todo lo contrario al espíritu de aquella declaración de 1816.

—Esa relación "liviana" con el pasado marca un contraste con los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, que insistieron mucho con establecer genealogías históricas.
—El gobierno anterior recurría sistemáticamente a una épica histórica muy recargada, de la cual pretendía mostrarse como heredero. El problema es que esa épica estaba desarrollada a partir de lecturas revisionistas que atrasan un siglo, con buenos y malos de caricatura, lo que se expresó en el innecesario y fallido Instituto Dorrego. Algo paradójico para un gobierno que, a través del crecimiento del Conicet y del financiamiento para la investigación científica, sentó efectivamente las bases para que desarrollemos una historiografía compleja, variada y de primer nivel internacional. Si los gobiernos de turno no destruyen estas bases, con el tiempo se va a consolidar una renovación notable de nuestra perspectiva histórica hasta volverla más acorde con una sociedad madura que busca entender la raíz de sus problemas, no que le cuenten un cuentito ni que le oculten que los problemas existen y tienen una historia. Esa renovación ya está en marcha; el desafío es transmitirla de manera eficaz al público en general, que no tiene por qué andar descifrando lo que se publica en las revistas científicas. Somos los historiadores los que tenemos que hacer el esfuerzo de presentar el fruto de nuestro trabajo de manera accesible y atractiva. Es lo que intenté hacer con este libro.



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