Cultura y Libros

Con los ojos abiertos

Domingo 03 de Diciembre de 2017

Fue hacia finales de los 90 cuando en un viaje a México Graciela quiso visitar un poblado indígena situado en los alrededores de Oaxaca. Era domingo y la comunidad estaba de celebración. Ella cargaba el trípode en bandolera y la Nikon, que nunca soltaba, le colgaba del cuello. Llegamos a la plaza central, el sol golpeaba fuerte, vertical, los hombres estaban ebrios y se movían con torpeza. Sus mujeres, todas de negro, los miraban sentadas debajo del tejado de sus casas. Graciela tomó algunas imágenes generales. No sé en qué momento, veinte de esos hombres comenzaron a rodearnos exigiendo la entrega de la cámara. No había sido su intención violar ninguna intimidad, arrebatar ningún espíritu, pero no entendían razones y estaban decididos a usar la fuerza física cuando comenzaron a empujarla. Todo empezó a ponerse demasiado espeso. Entonces Graciela, situada en el centro mismo de la escena, tomó su cámara, abrió el presillo que resguardaba el rollo, lo sacó violentamente y lo expuso al sol, velando en un segundo las imágenes que había obtenido unos instantes atrás. Luego, sin dejar de mirar fijo a cada uno de esos hombres, se llevó la cinta hasta la boca, la desgarró con los dientes y se las arrojó a los pies.
Entonces, como si una orden hubiera llegado desde el cielo, los indios abrieron el círculo y nos dejaron salir. Estaban atónitos, como hechizados frente al desafío guerrero de esa mujer sin miedo.
Recuerdo que al irnos, sin girar la cabeza hacia atrás y apretando el paso, dijo: "Es así, si mirás de frente, lo peor retrocede, siempre. Vamos, no hay tiempo que perder, hay demasiado mundo por delante para ver".

Rubén Chababo
Ex Director del Museo de la Memoria, actual Secretario de Derechos Humanos de la UNR

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