Cultura y Libros

"Con los muertos queridos se sigue conversando"

El reconocido crítico literario rosarino Alberto Giordano atravesó un largo período depresivo escribiendo un diario íntimo en Facebook. En charla a fondo con Cultura y Libros cuenta los pormenores de una experiencia singular, que le permitió expandir sus horizontes vitales y creativos

Domingo 24 de Septiembre de 2017

Un hombre.
Un hombre que estuvo muy deprimido.
Un hombre que estuvo muy deprimido escribe un diario.
Un hombre que estuvo muy deprimido escribe un diario en Facebook.
Un hombre que estuvo muy deprimido escribe un diario en Facebook y lo publica en forma de libro.
¿Por qué lo haría?
Nada hay más público que una red social.
Nada hay algo tan personal, recóndito y profundo como un diario íntimo.
¿Entonces?
Alberto Giordano lo explica.
El hombre decidió dar el paso y posteó durante más de un año cada paso que daba en su nueva vida sin depresión, esa peste contemporánea que no afloja.
¿Por qué lo haría?
La respuesta, probablemente, está en la mirada de este escritor, crítico literario, profesor de literatura argentina y de teoría literaria en la Universidad Nacional de Rosario e investigador del Conicet.
Pero no sólo en lo que dicen sus ojos, sino dónde los posa y cómo: Giordano tiene la habilidad de reírse de sí mismo y de llorar sus soledades como si el mundo y sus habitantes fueran de palo, igual que en el truco.
El tiempo de la convalecencia (publicado por Iván Rosado) es un homenaje a esa soledad, la depresión superada, a las dos mujeres de su vida (Emilia, la hija, a la que está dedicado lo escrito, y Judith, su mujer), la muerte de su padre, la cultura y el saber.
—Tu libro se llama El tiempo de la convalecencia y aunque explicás el porqué del título, me gustaría que te explayaras sobre el nombre.
—La convalecencia es el tiempo de recuperación que sigue a una enfermedad. En mi caso, fue el tiempo en el que recuperé mis impulsos vitales más característicos, mis ganas e intereses de toda la vida, pero también el tiempo en el que aparecieron algunas inclinaciones nuevas, después de experimentar una depresión bastante severa durante más de dos años. Entre lo nuevo que apareció al poco tiempo de sentirme bien, estuvieron las ganas de ejercitarme en otras formas de escritura distintas de las del ensayo crítico, que son las que acostumbro a practicar profesionalmente. Esas formas nuevas incluyeron la posibilidad de anotar pensamientos y reflexiones, pero además de escribir fragmentos narrativos y diálogos, me permitieron mezclar diferentes registros, por ejemplo, encadenar una ocurrencia filosófica con el relato de anécdotas triviales. Aunque siempre pensé a la crítica como un modo de conversar con la literatura en términos que no le fueran por completo ajenos, tengo que reconocer que nunca antes me sentí tan cerca de lo que supongo son las exigencias literarias ―imaginar, atender a los matices, transmitir sensación de vida― como durante esta convalecencia en la que llevé un diario de escritor en Facebook. Llevar ese diario fue un modo de observar, y en parte analizar, el proceso de la recuperación de la salud, también de conjeturar algunas razones sobre la caída en el infierno de la depresión, pero fue sobre todo un modo de vivir la convalecencia activamente, de tomarla como una ocasión para experimentar cosas nuevas, sin prestarles tanta importancia a los resultados, porque advertí que se trataba de un momento vital extraordinario, que no iba a durar demasiado. En el prefacio a uno de sus libros más conocidos, La ciencia jovial, Nietzsche habla del "agradecimiento" del convaleciente frente a las posibilidades que se le abren por haber recuperado la salud. En la convalecencia se restablecen intensamente los vínculos existenciales con la posibilidad como horizonte, vínculos que suelen debilitarse cuando se tiene una vida más o menos saludable sin interrupciones. Doy un ejemplo personal: durante el tiempo de la depresión, necesitaba sentirme acompañado continuamente para no desesperarme. Durante la convalecencia volví a experimentar, con una fuerza que nunca antes había sentido, los placeres de la soledad en un café, en un cine o mientras se escribe. Después de un tiempo de privaciones e impotencias, al convaleciente lo arrebatan los dones de la salud, siente ―dice Nietzsche― "el júbilo desbordante de la fuerza restablecida" y vuelve a ser capaz de imaginar el futuro como algo misterioso, que podría depararle todavía posibilidades interesantes.

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