Domingo 09 de Febrero de 2020

Hace poco descubrí en Twitter una cuenta que se llama Museo Virtual del Ómnibus. Es un sitio apasionante, con fotos de colectivos viejos, una de esas invenciones que te llevan a recordar, en este caso a través de imágenes, momentos acaso ya olvidados de la vida. Cuando encontré ese Museo Virtual del Ómnibus por alguna extraña razón empecé a seguirla en el acto. Pero no sólo eso: invertí casi una hora en recorrer todas sus publicaciones, que comenzaron en julio de 2018. Fue un recorrido frenético y apasionante, en el que encontré algunos colectivos cuya forma pude reconocer, y también algunas unidades de empresas que circulaban por Misiones en los años 60 y 70. La época de mi infancia. A medida que avanzaba y veía colectivos de todas partes de Argentina empecé a ponerme ansioso. Al principio no entendí por qué, pero después pude descifrarlo. Buscaba algo. Algo preciso. Algo que tenía que ver con mi propia vida. Cuando era chico soñaba con ser chofer de colectivos. Puedo identificar de dónde viene ese anhelo. En los pueblos y parajes donde vivía, en la tierra colorada, los choferes eran algo así como héroes de los usuarios del transporte. Es que los caminos eran de tierra, había subidas y bajadas como montañas rusas y cuando llovía había que ser mago para llevar esos cascajos a destino, por rutas casi siempre angostas y repletas de obstáculos. Si caía agua la tierra se ponía tan resbaladiza que muchas veces los vehículos "coleaban" y terminaban en la cuneta. A veces, cuando el barro era muy blando, había que ponerles cadenas para que no quedaran empantanados y poder llegar a destino. Y en el caso de los colectivos esa tarea la hacían los choferes, a veces con la ayuda de los propios pasajeros. Recuerdo bien algunos viajes a Alem desde Oberá, o a Los Helechos. Cuando con mi familia nos mudamos al paraje Yazá, cerca de Campo Viera, la ruta 14 era un desafío monumental para los choferes de las empresas Singer, La Victoria y Tigre. Había "ribadas" bravas y curvas y contracurvas endemoniadas. Con lluvia era un camino plagado de trampas en el que los pasajeros sólo sabían a qué hora partían. El lugar de destino podía estar a una hora, o a cinco, y me consta que hubo ocasiones en las que chofer y pasajeros pasaron la noche en la ruta, arriba del micro. Los colectivos de la empresa Singer eran blancos y celestes (¿o eran azules?). Era la más grande de la provincia y tenía a los mejores choferes. En el tramo Oberá-Campo Grande había uno famoso por sus habilidades en los caminos resbaladizos. Creo que quise ser chofer de colectivos la segunda vez que pude ver sus proezas en esos caminos polvorientos o barrosos, según cómo estuviera el clima. Creo recordar, sin ninguna seguridad, que su apellido era Figueredo. Ni bien subía, me quedaba embobado viéndolo manejar el Singer que salía a las 11 hacia Campo Grande y nos dejaba en El Yazá 40 o 45 minutos después, tras recorrer 20 kilómetros de caminos de tierra y tosca. Pero cuando empecé a peinar las publicaciones del Museo del Autobús en Twitter no buscaba un ómnibus de Singer sino otra cosa. Acaso porque no tenía ni un ápice de esperanzas de encontrar un Singer, lo que yo buscaba eran coches de La Internacional. Esta empresa iba de Buenos Aires a Resistencia y Formosa y yo veía pasar sus micros cada verano en una pequeña ciudad del interior de Santa Fe. En Villa Ocampo vivían mis abuelos, tíos y primos paternos. Solíamos ir a pasar allí las Navidades, los Años Nuevos y/o los Reyes. Viajábamos horas en colectivo (seis, solo para recorrer 320 kilómetros de Posadas a Corrientes), cruzábamos el río Paraná en balsa desde Corrientes a Barranqueras y otra vez en colectivo El Norte Bis hasta "Ocampo", así le decíamos a la ciudad donde vivían los abuelos que vinieron de Siria. En las terminales solo me fijaba en una cosa: en los ómnibus. Me fascinaban. Por Ocampo pasaban dos empresas. Una era El Norte, que iba de Resistencia a Reconquista y viceversa, y la otra era La Internacional. Esta tenía coches grises y azules y recuerdo que me llamaban la atención porque eran larguísimos y tenían un volante gigantesco. Sus caños de escape emitían un sonido particular, como si el motor tuviese baja presión arterial, y uno podía saber que llegaba La Internacional apenas ingresaba a la rotonda de la ciudad. Entraba, llegaba hasta un bar que hacía las veces de terminal y luego seguía su camino. Mi imaginación acompañaba esos viajes, siempre conmigo al volante. ¿Cómo sería manejar tantas horas, doce hasta Buenos Aires, según había averiguado? Había servicios de La Internacional que eran semidirectos. Esos no entraban a Ocampo. Eran colectivos más largos y más nuevos. Los veía pasar desde el frente de la casa de mis abuelos, seis o siete cuadras más allá de la ruta 11. A veces esperaba media hora para verlos porque ya conocía los horarios, y el paso era tan fugaz que después me sentía frustrado. No sé quién me había dicho que esos a esos colectivos se les decía "doble camello" porque tenían dos desniveles en el techo, como si fuesen jorobas. Cuando dibujaba colectivos, y los dibujaba a menudo, siempre eran doble camello. Con el tiempo pensé que sería una invención de mi padre, que siempre creaba palabras o historias para divertirnos. Pero en estos días, cuando di con la cuenta Museo Virtual del Ómnibus en Twitter, me llevé una sorpresa: a los colectivos con esos dos desniveles en el techo, uno adelante y otro un poco después de la mitad, efectivamente les dicen —les decían— doble camello. Para mi tristeza, no encontré en esa cuenta de la red social del pajarito ninguna foto de un ómnibus de La Internacional. Hasta ahora.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario