Domingo 22 de Abril de 2018

I.

EN LA MADRUGADA llora el bebé del vecino, son las cinco. Ya no dormiré. Quizá el chico no tenga más que el habitual retorcijón del nacimiento del estómago, o un tragón de teta, esas formas de la resaca infantil, pero el dolor de un niño difumina el catastro, borra los lindes propietarios y hace un silencio total en las casas.

El barrio es un conventillo, nuestras piezas están pegadas por treinta centímetros de miedo y adobe: la vecindad de la clase media baja es la primera herida de la comprensión y la extrañeza, y la cicatriz de un bebé es la costura del mundo.

II.

SON DOS ÁRBOLES que están en la autopista de Rosario a Buenos Aires, casi al comienzo, a mano derecha hacia el sur, a la altura de Alvear o de Renato Cesarini. Quizá será más justo decir que el conjunto son tres: dos árboles y un muerto o una mujer. Siempre que hay un muerto se agrega una mujer: la muerta, la madre, la enamorada o la memoria.

El conjunto es un ciprés, un paraíso y la Difunta Correa. Alrededor, y en las banquinas, hay vendedores de frutillas, sandías o duraznos según el calendario de las frutas. En abril, ahora, se cosecha lluvia y estuvimos solos. En verano huele a trigo, azahares y sexo y somos una multitud. A veces se hace un parador de camiones y Ramón, de Villa Diego, improvisa una parrilla y vende choripanes.

Hoy me detuve en la ruta, bajé y les di un abrazo a los árboles. Ese ciprés vio pasar a Belgrano en 1812, y era cierto, dice, que usaba unas calzas celestes, derrengadas y tristes por las derrotas en el Ejército del Norte. Cuando me detuve, todos los viajeros me tocaban bocina y yo les decía, vení, vení… bajate, hay que ayudar a Belgrano. De grande me di cuenta de que toda la historia argentina es una novela que imaginó Belgrano, que eso que llamamos "patria" es el sueño de ese hombre que fue padre y madre de una niña, que fue General por un día y que detuvo a los españoles con una fuga. La suya.

El niño que fui en la escuela, jugaba adivinanzas y acertó sólo para decir que su orientación imaginaria, igual que a Belgrano, lo llevaría donde soñaba.

III.

LEJOS DE ELLA, en la película de Sarah Polley, Julie Christie tiene Alzheimer como el oso de Alice Munro que regresa a la montaña, lejos de su vida, de su historia y lejos de él.

—¿Qué harías si te diagnosticaran? —preguntó mi hija.

—Caricias —dije—, besos, tocar gente, seres queridos, la memoria del tacto, de los contornos, salientes, las fugas de sus caras, los brillos. Y beber vino, cerveza. Los diez cafés diarios, dormir al sol como Bioy, con los mismos cinco o seis libros que releo siempre, y que es donde espero que me dejen, ya muerto, al aire, deshacerme como el barco encallado que fui. Cerca y lejos.

Recordar no podré, pero espero que otros, vos también... lo hagan por mí y me abracen y susurren al oído entre sorbo y sorbo de licor algunas melodías pegadizas que estarán agazapadas en mi sueño REM, contemplando el horizonte, la línea de fuga de la luz de grisura, ese blanco sucio y llovido, donde tarde o temprano iremos juntos.

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