César Bisso, un poeta que siempre apuesta por la hondura

El también sociólogo y periodista corondino reaparece con "El susurro que tañe", un libro que consolida sus búsquedas y se encuentra con la belleza

15:08 hs - Viernes 31 de Julio de 2026

En “El susurro que tañe” (César Bisso, Ediciones la yunta, 2025) el susurro apenas audible tiene la potencia de un grito sostenido, una alarma social imposible de soslayar.

Cuando el badajo golpea las paredes interiores del bronce de la campana, la campana tañe; si ese tañido tiene la potencia de un susurro, un murmurar, un rumor insistente en voz baja para que nadie escuche, ese tañido se escucha mucho más porque su sonido persiste en el silencio de la noche.

La persistencia que tañe en el centro del silencio es la voz de César Bisso: un murmullo que no cesa, un susurrar permanente sobre las pequeñas cosas del mundo, las fundamentales, las que marcan nuestra existencia en una coyuntura oscura, plena de incertidumbres y delirios.

Tres partes componen este poemario: Premonición, Clausura e Incertidumbre. Son versos lacónicos, breves, condensados, filosos.

El oráculo de los hombres victoriosos de su peor derrota: la ausencia del otro. Brotan las preguntas sin respuestas: ¿alcanza con saciar el hambre de la manada? La visión de la historia como un río oscuro y sin orillas donde sólo flota el luto. Heraldos funestos y eficaces de los que sólo nos salva la madre naturaleza, la única que nos cobija. Siempre vuelan los pájaros / llevan y traen / el polvo de la existencia.

Los pájaros poblados por una memoria sólo de inocencia, creer en el hornero de sólo mirarlo. Tocar la cáscara del misterio al borde del río. Una magnolia roza el infinito. Alzar la vida como un estandarte de paz frente a los tiempos negros y para que no gobierne la maldad. Me siento un hombre que se funde al desamparo. Perdurar como bandera disgregándose al viento. La noche no tapia los ojos, enceguecer no es una opción. Busco sanación en la estampida de pájaros. Sobrevuelan versos desesperanzados que gritan desde sus tumbas olvidadas, besan los pies sangrados de la diosa. Bajo las luces del cinismo insisten en arrastrarnos al sombrío atajo de la obediencia. No hay silencio que detenga a la voz marrullera que vulnera los tímpanos. El que consiente la mentira espera a Godot al filo del suplicio. Todos estos conceptos repican como sentencias en los poemas de Bisso.

El libro continúa con reflexivas admoniciones: Alentar la franqueza del grito, no olvidar a los asesinos. Los pueblos los vitorean como alfiles de gloria y miseria. Los lobos famélicos que cada vez aúllan más cerca se alimentan con la sangre de los pobres. Un poema que rompa el oleaje de aguas enfermas y alumbre. No te rindas palabra, alguien escuchará tu grito. Para soportar la pujanza del mal habrá que ocultarnos en la arena. O cuando el poeta dice: ¿Para qué sirve la voz / cuando se disipa la esperanza?

Jean Paul Sartre considera que “somos lo que hicimos con lo que hicieron de nosotros”, pensando al hombre en situación (el aquí y el ahora), condicionando su existencia. La mayoría de estos versos fueron escritos en tiempos de pandemia, pero muchos presagian los oscuros tiempos que nos gobiernan: la locura encarnada en los principales líderes del mundo que sólo buscan dinero y poder, masificando la destrucción y la muerte. La tecnología digital (sobre todo la inteligencia artificial) como una herramienta de aislamiento y soledad para todos. La desaparición de la humanidad como una pregunta posible, incluida en la certeza de la destrucción del planeta, agotando en poco tiempo los recursos de agua dulce y oxígeno, perfilan en estos versos del poeta corondino una suerte de crónica de tiempos aciagos, oscuros y absurdos.

Como en los terribles aguafuertes de Francisco José de Goya y Lucientes (1746/1828) o los grabados más oscuros de Carlos Alonso (1929) la poesía de César Bisso retrata la oscuridad y crueldad de estos tiempos. Más allá de eso, es sublime la forma en que el poeta se refugia (siempre) en lo natural: los pájaros, el fluir del agua del río, la orilla, la magnolia, la arena, en fin, en el río de la vida que sigue fluyendo eternamente, más allá de todos los lutos que la historia de los humanos logre conseguir.

Alma agobiada de tinieblas e incertidumbres, la voz del poeta busca sanación en la tierra, el agua, los animales y las plantas desde el lugar del sufrimiento y la pena. Sin perder la esperanza, observando los instantes de luz en la penumbra, la promesa posible con la insistencia de una voz resistente que grite y denuncie la maldad, la resignación, la obediencia de las que todos en mayor o menor medida somos víctimas.

A pesar del retrato de la crueldad social de estos tiempos la voz poética de César Bisso no deja de asombrarse, cobijarse, acurrucarse en la magia y la belleza de la naturaleza del paisaje y sus elementos: “creer en el hornero, de tan sólo mirarlo”.