Cultura y Libros

"Cerati tenía muy claro que iba a ser una estrella"

Uniendo fisuras es un reciente y exitoso libro dedicado a bucear en un disco clave en la carrera de Soda Stereo, Signos. En diálogo con este suplemento, su autor —el periodista y escritor rosarino Diego Giordano— explicó por qué eligió escribir acerca de un álbum en el que brillan canciones ya clásicas del rock en español.

Domingo 27 de Octubre de 2019

Hace apenas tres semanas se anunció un polémico “regreso” de Soda Stereo. Pero Soda ya no necesita regresar. Es una banda que siempre está ahí. Y desde que la figura de Gustavo Cerati se convirtió en leyenda ese sentimiento de permanencia es todavía más fuerte. ¿Qué hace que Soda viva en esta suerte de presente constante? ¿Qué fuerza se esconde detrás de sus canciones y su imagen? ¿Por qué su marca traspasó fronteras? Para responder a estas preguntas vitales hay que viajar al pasado, y eso es lo que hace precisamente Uniendo fisuras (Vademécum), el libro recién editado del periodista y escritor rosarino Diego Giordano.

Uniendo fisuras bucea en la gestación, la grabación y la repercusión de Signos, un álbum bisagra en la carrera de Soda Stereo. El tercer disco del trío, editado en noviembre de 1986, significó su consagración definitiva, su conquista de toda Latinoamérica y la aceptación de la crítica rockera.

Allí Cerati empieza a convertirse en un compositor sofisticado y popular, y también comienzan (y el libro lo refleja) los conflictos de derechos de autor dentro del grupo.

A través de una detallada documentación y de testimonios de personajes clave como Richard Coleman, el Zorrito Quintiero, Adrián Taverna y Eduardo Capilla, Uniendo fisuras logra una gran fotografía de la época, donde la euforia democrática se cruza con el post punk y la new wave, y la renovación estética de los años ochenta se alimenta de discos, pubs, noches largas y cocaína.

Diego Giordano es músico y periodista. Integró Mortadela Rancia y Lanzallamas, entre otras bandas, y estuvo a cargo durante una década del área musical del diario El Ciudadano. El autor recibió a Cultura y Libros para hablar sobre el álbum que cortó clásicos inolvidables como Prófugos, Persiana americana y El rito.

—En el libro está largamente justificado por qué se elige Signos como un disco fundamental en la carrera de Soda. Pero quería saber si hay una conexión personal con el disco, algo que haya disparado esa elección desde tu propia historia.

—Mi conexión con el disco tiene un valor autobiográfico muy grosso: fue el primer disco que me compré solo, tengo represente aquel momento. Hasta entonces yo les pedía a mis hermanas mayores que me compraran los discos, pero Signos lo compré solo. Recuerdo que al otro día me iba de vacaciones con mi familia y me llevé ese cassette en el walkman. Signos, Consumación o consumo (Fricción) y Ciudad de pobres corazones (Fito Páez) son como esa trilogía de entrada a la adolescencia que fue muy formativa o “deformativa”, según cómo se mire (risas).

—¿Pudiste ver al grupo en vivo en los años 80?

—Sí. La primera vez que tocaron en Rosario fue en la discoteca Bucanero. Yo era menor, tenía diez años, y no pude ir. Pero al año siguiente tocaron en los carnavales de Provincial, junto a muchas otras bandas, y ahí fui con mi hermana y mis primos. Después presentaron Signos en la disco Space, y ahí tampoco pude ir porque era muy chico. Pero después tocaron en estadios y los fui a ver siempre. En la época de Ruido blanco, de Doble vida o Canción animal ya tocaban en la cancha de Central o de Newell’s. Recuerdo que era muy impactante el show visual y sonoro, la puesta de luces y el sonido. Los Soda tenían un plus de profesionalismo escénico que no tenían otros grupos.

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—¿Cuál fue el hilo conductor para armar el libro?

—Yo tenía muy presente que quería contar la historia del disco. Tenía que empezar un año antes y terminar seis meses después de la edición. Me puse a buscar material de la época. Estuve en la hemeroteca como una rata durante mucho tiempo, leyendo los diarios del 85 y el 86. También tuve un montón de apoyo de parte de la editorial Vedemécum. Hay un amigo de la editorial que se llama Ponchi Fernández que es un coleccionista, un loco, un demente adorable (risas). Él tiene las colecciones completas de todo lo publicado en Buenos Aires en los años 60, 70 y 80. La casa del tipo es como un museo. Yo le pedía materiales por mail y al otro día me mandaba los escaneos a mi casa. Tuve mucha suerte de trabajar con él.

—Uniendo fisuras tiene muchos testimonios de peso. ¿Cuál fue el que te impactó más?

—Los testimonios de Richard Coleman y de Adrián Taverna fueron importantes, sobre todo por el grado de intimidad que ellos tenían con Cerati. Hay muchas cosas que dejé afuera porque no tenían que ver con la temática del libro. Pero sentí que los dos fueron muy honestos, muy sinceros. Al no tener en aquel momento una ligazón directa con el proyecto de Soda Stereo (se refiere al regreso anunciado recientemente), creo que estaban en una total libertad para hablar.

—En el libro abundan las referencias sobre las influencias de Soda, desde The Police hasta The Cure, pasando por U2 y Echo and the Bunnymen. En ese sentido ellos eran un grupo distinto, porque nombraban y hasta festejaban a las bandas que los marcaban. ¿Había cierta inocencia al respecto? Digo, porque después algunos los tildaron de copiones y hasta plagiadores.

—Soda era un grupo profesional y Cerati fue un profesional desde el primer día en que se colgó una guitarra. Pero también vivía la cosa con mucha tranquilidad y mucha alegría. Me parece que Cerati era una persona muy segura de sí misma. Tal vez no estaba tan seguro con las letras, pero estaba seguro de su talento, de su carisma y de su capacidad de trabajo. Y también pasa algo: en aquel entonces no había internet y los discos eran de difícil acceso. Ahora vos decís “me gustan los Smiths” y al toque cualquiera se mete en YouTube y escucha toda la discografía. En aquel momento, un disco de los Smiths a lo mejor tardaba un año en llegarte. Y nadie iba a buscar un disco para saber si lo estaban copiando. La relación con la música era muy distinta porque no había esa inmediatez que existe ahora.

—Mencionaste recién esa inseguridad que Cerati tenía con las letras, y que está expuesta en tu libro. Sin embargo, sus letras terminaron configurando todo un estilo, esa mezcla de melancolía, heroísmo y “semiótica erótica”, como dice el crítico Pablo Schanton. ¿Ese estilo nace en Signos?

—Sí, es muy probable. Creo que no está lo suficientemente estudiada y valorada la influencia que tuvo Coleman sobre Cerati en el tema de las letras. La mejor letra de Nada personal es la de Estoy azulado, que es de Coleman. En esa letra ya se estaba hablando de los signos sin traducción, de la necesidad de interpretar. Lamentablemente Cerati está muerto, pero si tuviera la posibilidad de entrevistarlo hoy lo primero que le preguntaría sería eso, porque es muy notorio el cambio. En el primer disco de Soda las letras son como muy alegres y festivas, y en Nada personal ya hay como cierta incomodidad, cierto malestar cultural. Lo de la melancolía y el heroísmo no lo inventé yo, eso lo confiesa el mismo Cerati. Además no es en vano que U2 haya sido una de las bandas más escuchadas por él en ese período. U2 y Radiohead hicieron toda una carrera en base a mezclar melancolía con cierta canción épica para el estadio. No es en vano que El fuego inolvidable haya estado en el walkman de Cerati durante todos esos meses.

—En el primer capítulo, “Cambio de década y renovación estética”, se explican muy bien las diferencias entre los años 70 y 80 en el rock argentino, entre la solemnidad y el clima opresivo de la dictadura y ese tono irónico, festivo y de destape que llegó con la democracia. En ese sentido, ¿pensás que el rock argentino de los 80 fue rupturista? ¿O fue sólo una ilusión de ruptura?

—Sí, era rupturista. El rock argentino de los 70 tiene dos etapas muy definidas: está toda la etapa posterior a la separación de Almendra, ese momento maravilloso con Pescado Rabioso, Aquelarre, Color Humano y hasta con Invisible y La Máquina de Hacer Pájaros. Pero después del 76 el rock argentino se vuelve insoportable: esa mezcla con el jazz rock, el rock sinfónico y toda esa música para músicos. Los fans del rock argentino me van a odiar, pero a mí Spinetta Jade y Serú Girán no me mueven un pelo. Son bandas que tienen grandes canciones y grandes músicos, pero la propuesta nunca me termina de conmover. El rock argentino de los 80 está rompiendo con eso, con esa última parte que transcurre completa bajo la dictadura. En los primeros 70 también había un clima de violencia, pero ya a partir del 76 están los militares con los tanques en la calle y desapareciendo gente, y esa opresión se trasladó a la música. Creo que Soda, Virus y los Twist quieren romper con esa etapa, porque formativamente sí tienen un link con los primeros 70. De hecho a Cerati le gustaba Pescado Rabioso.

—Dedicás todo un capítulo a la relación de Soda con la prensa. Y sirve para demostrar que fue un grupo muy resistido al principio. ¿Creés que Signos es el primer disco del grupo en ser aceptado por el “establishment” rockero?

—Tal vez la aceptación ya había empezado. Antes de que saliera Signos tocaron en La Falda con Charly García como invitado. Aunque también es cierto que Charly ya estaba vampirizando todo eso nuevo. El tema de la prensa era fundamental para mí. Recuerdo bien el rechazo de las críticas hablando del grupo plástico, el grupo de moda, los frívolos, los caretas, los chetos. Y recuerdo que, cuando sale Signos, hubo un cambio de mirada. En el libro cito una nota de Marcelo Figueras en donde el tipo va desglosando la resistencia que generaba el grupo y cómo todo eso empieza a desvanecerse frente a la calidad escénica y musical de la banda. Lo que pasa es que en aquel momento todavía no se había operado una renovación en las redacciones. Los periodistas jóvenes eran muy jóvenes y recién estaban empezando a escribir, y los que estaban escribiendo, los jefes, eran tipos que se habían formado en los años 70. Para ellos la aparición de todos estos grupos era compleja, era traumática. Y en el primer Soda y el primer Virus también había una intención de ser shockeante con esa gente, de mimetizarse con el Club del Clan y de oponerse a la genealogía de La Cueva.

—Coleman cuenta en el libro que Cerati tenía un plan: que se bancó el mote de frívolo para meterse en el mercado y, una vez dentro de la industria, hizo lo que se le dio la gana. Cuando se habla de Cerati como un adelantado, como alguien que “la vio”, ¿pensás que es real o es puro mito?

—Cerati tenía muy en claro que su destino era ser una estrella y un artista. Y que nada se iba a meter en el medio. Por eso hasta el último día fue un perfeccionista obsesivo, un detallista, un loco en ese sentido. Eso siempre fue así. Y cuando el grupo empezó a crecer y a ganar dinero también hubo una toma de conciencia muy rápida de cómo había que hacer las cosas. De hecho el padre de Cerati, que era contador, viajó por toda Latinoamérica para tramitar los derechos de autor de su hijo en otros países. Coki (Debernardi) me comentaba hace poco que una vez estaba en (la discográfica) CBS con los Punto G, tratando de ver cómo iban a editar el último disco. Y ahí en la recepción, donde estaban esperando, había un tipo, un pelado, que se acercó y les preguntó quiénes eran. También les preguntó quién hacía las canciones en el grupo y Coki le contestó: “Yo”. Y el tipo les dijo a los otros: “Ustedes van a tener que pensar de qué vivir, porque el que va a ganar plata es él”. Ese tipo era el padre de Cerati. Cuando se presentó les contó que era el padre del líder de Soda Stereo. Si eso es verdad, queda claro que, desde el punto de vista artístico y también desde el económico, ahí había un proyecto grande.

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