Cultura y Libros

Campo afuera

Domingo 07 de Enero de 2018

"Ya sé que no hay más destino

que abrir todas las tranqueras

y galopar campo afuera

para poder olvidar"

(Campo afuera, milonga de Rodolfo Biagi y Homero Manzi)


No entiendo la ciudad, nunca la entendí, digo. Mis hermanos me escuchan en silencio y sonríen apenas, acostumbrados a mis arranques de fugitivo. Vamos en auto hacia el cercano oeste. Diego maneja y Sergio va en el asiento de atrás, hace pocos minutos que pasamos la última curva de Nuevo Alberdi. Miro un punto perdido en el horizonte de la ruta 34: ya estamos en el campo.

Hace más de cuarenta años que hacemos este recorrido, entre Rosario e Ibarlucea, pero antes de nosotros lo hicieron tres generaciones de nuestra familia materna. En nuestra infancia, en estos seis kilómetros sólo estaban los moteles y "el club", las vías del ferrocarril Belgrano, el cementerio jardín y los montecitos verdes detrás de los zanjones y en medio de los campos. Allá en el pueblo estaban los tíos, el primo Alberto, las fiestas del 17 de agosto, la casa de los abuelos, el maizal. Y aunque ahora al costado de la ruta hay cada vez más casas, barrios cerrados y galpones, todavía en mi mente el campo empieza después de esa última curva.

Yo me tendría que ir al campo, les digo, y seguro están aburridos de escucharme, ellos que han viajado y no tienen conflictos con la vida en las ciudades. Quisiera morirme al sol, insisto, en la huerta, sentado en una silla como el Padrino.

Diego mira hacia adelante, Sergio abre la ventanilla trasera y entra un poco de aire. Pienso en cuántas veces soñé con irme al campo, con internarme en los caminos de tierra, con recorrer esos montes de eucaliptos o caminar bajo esa doble hilera de pinos que forman un pasadizo entre las tranqueras y la casa. Qué ganas tengo de pisar hojas crujientes y ramitas, de aspirar el viento frío que se levanta a la tarde, cuando asoma el lucero. El campo es la inmensidad, los tordos acomodándose en los nidos, el canto de las chicharras, los sapos del verano en la calle de tierra, la luz amarillenta del farol, la máquina de moler maíz, el gallinero, la culebra en la cañada, el caballo en la distancia, los ojos del cordero. En el campo tengo mi ilusión de desierto, de pureza, de silencio.

Sueño con esas casas de tejas españolas, abandonadas, donde ahora llueve glifosato, con esos patios con palmeras y aljibe, con el galpón de ladrillos sin revocar, con el esqueleto de un tractor viejo. Para mí son las ruinas de una Arcadia criolla, el mundo mítico que habitaron los abuelos, los que bajaron del barco, los prometidos con tierra y sometidos a un yugo más duro que el de los bueyes. Esos abuelos que pudieron, recién dos o tres generaciones después, tener un pedazo de tierra donde caerse vivos, criar a los hijos y clavar el arado en la tierra negra, húmeda y propia.

El campo no tiene ya a nuestros abuelos doblados sobre el surco. El campo es ahora un desierto verde, sembrado hasta la banquina, envenenado. Van quedando pocos puesteros en los lugares alejados. Todos los gringos se han ido al pueblo.

La nostalgia de lo que no viví puede ser terrible. Me invento un recuerdo por una frase escuchada en la infancia, por la necesidad de tener un pasado, por el miedo de desaparecer sin dejar una marca, un indicio, un hijo que hable de mí cuando ya no esté. El campo es el territorio de mi vida imaginaria, atravesado por tres ríos de sangre indígena, criolla e italiana.

Entramos a Ibarlucea, donde casi no nos quedan parientes. Acá nació nuestra abuela Jacinta en 1915. Está hermosa la iglesia de Santa Rita; en la plaza construyeron un jardín de infantes. La comuna y la escuela primaria están cerca. Hay negocios, gente joven, camionetas de lujo. Están los pobres de siempre junto a las vías muertas. Salimos a la ruta vieja y pasamos frente al bar de Abdala y la estación del ferrocarril. Avanzamos hacia el oeste, cruzamos la vía y entramos por la avenida de tierra, hasta llegar a la última calle, giramos y a los pocos metros otra vez vamos al oeste, hasta que el camino se hace pampa. Siento que en realidad siempre estuve sobre este pedazo de tierra, que mi vida en la ciudad fue apenas un sueño.

Nos detenemos, bajamos y cruzamos el alambrado. Sergio lleva en sus manos la caja de madera, cuadrada, que contiene las cenizas. El aire está fresco. En este momento de orfandad sé que al final seré como todos polvo leve, arremolinado por el devenir, girando siempre en el borde del camino, a veces tumultuoso, a veces lento, circular, silencioso, que se desplomará cuando llegue la noche, cuando el aire esté inmóvil y la luna suba y pierda el rojizo y las estrellas estén al alcance de la mano.

Alejandro Hugolini


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