Cultura y Libros

Cada cual viaja como puede

A partir de sus vivencias, y asumiendo riesgos formales que supera con éxito, Graciela Ballestero construye una valiosa novela que carece de fisuras.

Domingo 15 de Julio de 2018

A partir de sus vivencias, y asumiendo riesgos formales que supera con éxito, Graciela Ballestero construye una valiosa novela que carece de fisuras

El concepto de una escritura "con oficio" le cabe perfectamente al último libro de Graciela Ballestero, El anzuelo en la boca.

Una novela ―o nouvelle― que asume riesgos, tales como la autobiografía y la reflexión sobre el propio proceso de escritura ―contemporáneamente a su desarrollo―. Y cuando son cabalmente superados estos riesgos es que entendemos que Ballestero escribe con oficio. Conoce las palabras, sabe qué hacer con ellas, cómo unirlas y entramarlas. Donde muchos no harían pie, encuentra el camino para construir una obra sólida, sin grietas. Como al hacer que cada uno de sus dedos tenga una personalidad y una voz propias a la hora de escribir, que dialoguen entre sí y con la autora. O como al encontrarle un cierre vibrante y justo al libro.

Dice acertadamente en el prólogo Pablo Colacrai "¿Novela autobiográfica? Sí, tal vez. ¿Autorreferencial? Probablemente. Pero ajena a toda sensiblería y a todo efectismo".

Ballestero es poeta también ——además de haber incursionado en el género teatral—, pero no encontramos acá la novela de una poeta en sentido peyorativo, que se limita a intentar prosificar poemas, si no que permite que la poesía del libro sea la propia del discurso narrativo.

Escrita sin división en capítulos, utilizando en general largas oraciones, angostando los márgenes para los momentos en los cuales hablan los dedos —una suerte de heterónimos como únicas voces frente a la primera persona de la narradora—. "No tengo la menor idea, dice el dedo medio, tentado de hacer un gesto obsceno. Todo esto me resulta agotador, dice el meñique, de la izquierda, obligado a presionar tantas veces la A. Sigamos, dice el anular, esperando todavía, pobrecito, ser coronado con un anillo de bodas".

Distintos sucesos, desde la infancia en adelante, sin una cronología estricta e intercalados, pero construyendo el mapa de una vida. Cierto tono saeriano se advierte en momentos donde trabaja con detalle la descripción de los lugares y las acciones. Y ese anzuelo en la boca de la narradora —relacionado con los recuerdos de la pesca en la niñez— aparece de modo expreso o bien tensándose en los acontecimientos.

Todo este tejido, lejos de poner distancia con el lector, lo compromete y suma tensión narrativa.

El amor, el deseo, el desarraigo, la complejidad de los sentimientos, la indiferencia, la soledad, el transcurso inexorable del tiempo crean la tensión dramática que sostiene el libro, fruto de una vida vivida por alguien que tiene el privilegio de poder contarla de ese modo, de poder hacerle decir al índice que "cada cual hace su viaje como puede".

L. G.

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