Cultura y Libros

Aviones

No tenía sentido insistirle. Tampoco generar pánico en el pueblo, porque podía ser que le fallara la corazonada y que se tratara de otra de sus falsas sospechas.

Domingo 11 de Marzo de 2018

—¿Estás seguro, entonces? ¿No está ninguno?
—Ninguno —repitió el pibe alzando los hombros, mientras miraba al hombre que se revolvía, ansioso, sobre la cama.
—¿Ni don Ochoa, ni el juez de paz, ni los hijos de Urrutia?
—Ninguno.
No tenía sentido insistirle. Tampoco generar pánico en el pueblo, porque podía ser que le fallara la corazonada y que se tratara de otra de sus falsas sospechas. Desde que se había caído del caballo estaba así: inestable, paranoico, agobiado por terribles ideas. Tampoco aquel accidente le había quedado del todo claro. Que la bestia se encabritara así, sin razón aparente, y lo tirara en medio del camino, un sendero que transitaban a diario, casi sin excepción, no dejaba de parecerle, como mínimo, un hecho preocupante, raro. El yeso en toda la pierna, el reposo prolongado, y que le mandaran al Benjamín para ayudarlo, ¡justo al Benjamín!, se sumaba a los hechos extraños que se venían —que él iba— concatenando. En su mente, por supuesto, porque no tenía mucha gente con quien hablar y especular sobre peligros delirantes y conspiraciones imposibles.
—Bueno... andá a prepararme unos mates, ¿querés? —le ordenó con esa dudosa amabilidad que lo caracterizaba porque, cuando hablaba, parecía estar siempre expidiendo una sentencia o queriendo hacer que el mundo obedeciera sus palabras.
—Ya, ya mismo don Sandro —respondió el muchacho saliendo presuroso del cuarto.
—Tené cuidado con la garrafa, pibe... acordate de cerrarla —le advirtió porque desde que había dejado de valerse por sí mismo, de cocinarse, de cuidar a sus animales, de hacer sus compras y mandonear a sus peones, vivía en vilo, temeroso de que ocurriera una fatalidad irreparable, una gran desgracia.
Para colmo, el Benjamín era propenso a mandarse macanas. Por su enfermedad, por el trastorno que tenía de nacimiento y que los padres se habían empeñado en negar. Aun frente a la contundencia de las pruebas. El chico no llegaba a los dos años que él ya se había dado cuenta. "Mi hijo no va a ser el tarado del pueblo", se había enfurecido el padre, y en vano había sido tratarle de explicar que, con ayuda, con profesionales idóneos, el pibe iba a poder progresar, madurar, superarse. No habían hecho nada, nada aparte de retirarle el saludo y la palabra, a él, que solamente había dicho la verdad, lo evidente. Ahora, como si se vengaran de su vaticinio, le enviaban al Benjamín para que lo ayudara. Pobre. Hacía lo que podía el pibe que, a la torpeza de la adolescencia, debía sumarle las dificultades de su cuadro. Pero Sandro se esforzaba por hacerlo andar derecho y no tenía problemas en repetirle todo infinidad de veces, en explicarle otras tantas hasta las operaciones más sencillas, en reprenderlo con paciencia después de cada pifiada. En veinte días que llevaban juntos, se sentía orgulloso de los avances que había logrado. El chico, por supuesto, estaba más despierto, más activo, más animado que antes, por lo que sabía, vegetando en la casa de sus padres delante del televisor.
Mientras esperaba los mates, aguzando el oído por si percibía algún ruido inusual en la cocina, seguía sintiendo la inquietud y la preocupación que lo venían dominando. Intuía que algo fatal iba a suceder en el pueblo, en cualquier momento. No podía precisar qué, pero en su mente se unían el accidente con el caballo, el yeso, Benjamín y, entonces, que el juez de paz no estuviera en casa, y tampoco don Ochoa, ni los hijos de Urrutia. Eso, en sí, no significaba algo extraño, ni alarmante. Podía ser que cada uno estuviera en sus cosas: unos de viaje en la ciudad, otros en sus campos, o en el burdel, o donde se les antojara. Pero lo terrible era tener que resistir el impulso, el empuje aciago de la premonición y no atreverse a actuar antes de que fuera tarde, aun a riesgo de equivocarse y quedar en ridículo. O acertar, pero que nadie quisiera admitirlo. "Mi hijo no va a ser el tarado del pueblo", le había gritado el padre de Benjamín y se había lanzado sobre él dispuesto a apuñalarlo. Por suerte, aquella noche había gente en el club y varios habían intervenido para frenar al agresor, para evitar que el escándalo pasara a mayores. Un corte en el antebrazo, solamente, pero lo suficientemente profundo como para callarlo, como para hacer que nunca más volviera a hablar en voz alta. A revelar lo que pensaba, o sabía, si afectaba a alguien que no fuera a él, solamente él y los demás que reventaran. Después del incidente, le había pasado eso de irse de boca quizás dos veces más solamente: cuando los grandes terratenientes sojeros, y también los pequeños, habían votado a la derecha pensando que era lo mejor para el país, y antes, cuando les habían aumentado las retenciones a las exportaciones y él les había escupido, en plena cara, a todos, la inmensa hipocresía que los dominaba: si se compran diez departamentos en la ciudad después de cada cosecha, ¿a qué carajo le tienen miedo? ¿A no poder comprarse once? Con eso era suficiente, había alcanzado para que tuviera una lista contundente de enemigos.
No sólo no se escuchaban ruidos en la cocina; tampoco se oían los habituales: los autos, las voces de los chicos, el ladrido de los perros delatando el paso de un extraño. Como Recabarren, intentaba ver por la ventana algo que no estaba en realidad ocurriendo. Con un grito llamó a Benjamín para que lo ayudara a incorporarse. Las muletas, dale, las muletas... dijo nervioso y apurado, apenas vio que el muchacho aparecía. Apoyándose en él, con dificultad, consiguió ponerse de pie y emprender la marcha hacia la calle. De una ojeada al reloj de la sala vio que eran las tres de la tarde y un chorro de claridad confirmaba el paso del tiempo en el piso de baldosas. Pensó que todo estaba muy sucio, que nadie corría las cortinas y que si no mejoraba pronto, la casa se vendría abajo. Pero, sobre todo, sintió que a la hora de la siesta es cuando suceden las peores desgracias; porque todos duermen, porque nos sorprenden con la guardia baja. Entonces, antes de abrir la puerta y asomarse, captó el zumbido lejano y supo que eran los aviones. No uno, dos como mínimo: fumigarían los campos. El de los Urrutia, el de don Ochoa. Ambos a la vez, todos: la soja lo necesitaba.
Lo primero que vio fue al viejo Irusta que llegaba por la cortada diagonal, sin su clásico sombrero y con gesto alarmado.
—No hay nadie en el pueblo, parece, don Sandro —dijo relejándose al verlo, al ver que quedaba alguien conocido en su casa.
—¿Nadie? ¿En serio? —preguntó Sandro. —Hijos de puta, yo lo dije: van a fumigarnos.
Levantó la vista y vio en el cielo los aviones que bajaban. Recordó el relato de su padre: los Stuka o los HE116, de pronto, ensordecían con el pitido histérico del motor lanzado en picada. Con suerte quedaban entonces unos segundos para refugiarse debajo de un alero o entre los matorrales. No a ellos tres que, contra esas avionetas, no tenían chances. Pero antes, con los Stuka o los HE116 que contaba el padre, seguía una ráfaga de plomo que alzaba puñados de tierra o trozos de revoque que caían como flores en la calle. Otras, en cambio, venía solamente un silbido y, después, la explosión. Una enorme, envolvente, destructora explosión que seguiría escuchándose, porque estaba dentro de uno, del alma, de la memoria, días e incluso años después de haber tumbado paredes, retorcido vigas y segado vidas. Entonces, con esas avionetas que pasaban sobre sus cabezas, no, nada... no más que esa ligera garúa que se desprendía del cielo y apenas si los salpicaba, si los humedecía.
—Es agua, don Sandro— dijo el Benjamín llevándose la mano a la boca. —Agua que huele.
—¡Qué joder! —se sonrió el viejo Irusta—. —Y yo que me había asustado con esto de que no había nadie en el pueblo, aparte de los viejos y los enfermos... mirá si van a fumigarnos —dijo al fin, antes de pegarse la vuelta, mirando a Sandro con una mezcla de bronca y desprecio.
Él ni se molestó en responderle. Allá, en el horizonte, parecía que las avionetas viraban aprestándose para hacer una nueva pasada. Pensó que los Stuka y los HE116 nunca dejaban dudas de lo que estaban haciendo. Al menos, en el relato de su padre. En cambio, ahora, parecía que todo se disimulaba, que nada era evidente, que incluso él, que sabía lo que estaba sucediendo, dudaba y no tenía forma de demostrarlo. Se lamentó por eso, justo cuando volvían los aviones y, junto a él, el Benjamín se sacudía con una arcada.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario