Cultura y Libros

Así escribe

Domingo 19 de Mayo de 2019

Lo primero que debe decirse sobre Julio Ricardo Abad es que casi nadie lo conoció por su nombre legal. Nació a mediados del siglo XX en una comarca azucarera del sur de Tucumán y desde pibe lo llamaron Bombo Avalos.

A los 16 años se incrustó un colmillo de oro, y antes de llegar a la mayoría de edad se enroló en el Ejército Revolucionario del Pueblo, donde alcanzó el grado de capitán. Allí lo rebautizaron con el nombre de guerra Armando.

A finales de 1976 fue secuestrado por efectivos del Ejército Argentino. Desde entonces su memoria se perdió en el ultramundo de la desaparición física.

Hasta que en 2013 reapareció como un espectro fugaz en su Santa Lucía natal. Y las preguntas se precipitaron. ¿Cómo que el capitán Armando está vivo si sabemos cuándo, dónde y quiénes lo secuestraron? ¿Cómo que volvió si varios testigos afirman haberlo visto en sendos centros clandestinos de detención soportando salvajes tormentos? Admitamos aunque sea por un segundo que el Bombo sobrevivió: ¿es posible que se haya mantenido cuarenta años en el más estricto anonimato, en una suerte de dimensión paralela?

Este enigma se convirtió para mí en un campo magnético en torno al que comenzaron a surgir otros interrogantes incómodos. Julio Ricardo Abad no ha sido parte, ni lo será, del panteón de héroes revolucionarios que construyó la iconografía progresista. Tampoco ocupa un lugar destacado entre las víctimas que los organismos de derechos humanos inscribieron en el gran mausoleo de la memoria estatal. Un exponente de las clases más “atrasadas” de la sociedad, carente de formación académica y de trayectoria laboral, que toma un arma y se interna en la selva sin haber reportado antes en organizaciones sindicales ni estudiantiles no es alguien que cotice alto en los anales historiográficos del setentismo.

Existe un argumento más sórdido para tender un manto de olvido sobre el Bombo Avalos. Me refiero a las sospechas sobre su colaboración con la dictadura. Los indicios no son concluyentes, provienen en su mayoría de torturadores o servicios de inteligencia, pero un prejuicio implícito induce cierto razonamiento tal vez inconsciente: si hubo miembros de las clases medias y pudientes que se entregaron en cuerpo y alma al ideal colectivo, que por su convencimiento ideológico ocuparon lugares de dirección en las organizaciones revolucionarias, y aun así fueron quebrados por la tortura, ¿por qué alguien plebeyo y más bien inculto se inmolaría por la causa?

El Bombo tuvo una vida intermitente, difícil de descifrar, con ribetes siniestros y pliegues heroicos. Como una bella cicatriz. Esta es su biografía imprevista. La historia de un desaparecido que volvió a un mundo que ya no lo recordaba. Y es también una reflexión sobre el viejo tema de la violencia que aquellas generaciones abrazaron en busca del sueño perdido de la revolución.

(Primera página de Bombo, el reaparecido)

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