Cultura y Libros

Así escribe

Con mucha dificultad, saca un sillón de madera, con un almohadón mugroso, y lo pone en la vereda, de cara a la calle.

Sábado 10 de Noviembre de 2018

Con mucha dificultad, saca un sillón de madera, con un almohadón mugroso, y lo pone en la vereda, de cara a la calle. Otra vez, con mucha dificultad, los movimientos de un anciano aunque no sea exactamente un anciano, ingresa a su casa. Al rato vuelve a salir, con un termo y un mate. Camina tocando las paredes, hasta llegar al sillón de la vereda, y se sienta. Hace mucho calor pero en la vereda hay sombra, gracias a un gomero viejo que todavía resiste y que alivia un poco la sensación de ese calor insoportable. Y ahí afuera, en la vereda, tiene o vive la ilusión de compartir algo, con alguien, aunque nadie se da vuelta para mirarlo. Ahí quieto está, un poco más quieto día a día. La gente pasa a su lado como si nada y él pareciera alarmarse cada vez que pasa alguien caminando por la vereda. Tres, cuatro personas por la tarde, nada más. Levanta la vista, o los ojos, como si esperara la interpelación, o un comienzo de algo, pero los pasos se alejan y se hacen cada vez más imperceptibles. Chupa mate, acaricia a Loreto, y el loro le aprieta el hombro. A veces habla el loro, pero nunca en la vereda, como si odiara a todos los que pasan por allí. Piensa en la inmovilidad, en cómo es que están tan quieto, cada día más quieto.

Aunque en rigor no es tan así. No es "inmovilidad" la palabra, sino algo más cercano a "final". Por eso también suele pronunciar la frase: "hijo, yo soy pasado nada más. A mí, ahora, nada me pasa, nada me está pasando", tan melodramática y cursi, tan novelesca.

(Fragmento de El podrido,

Indómita Luz, 2018)

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