Cultura y Libros

Así escribe

Domingo 04 de Marzo de 2018

Hacia el final de mis estudios secundarios llegó el momento de decidir qué carrera iba a seguir. Estaba convencida de que quería estudiar medicina: la fantasía se había vuelto vocación después de un experimento en clase de zoología en la que me había tocado disecar una ranita muy linda, muy verde. (El hecho de que después de dicha operación no supe qué hacer con la ranita cuyo corazón seguía latiendo y terminé pinchándoselo con el bisturí para que se muriera de una vez no pareció impresionarme adversamente: iba a ser cirujana.) Pero también me tentaba la arquitectura o alguna carrera de diseño. Las opciones no podían ser más distintas y a mi madre ninguna le pareció buena. Desechó las dos últimas con gesto desdeñoso, te gustará dibujar pero tus dibujos son bastante mamarrachientos. En cuanto a la primera, le pareció más respetable pero igualmente desechable por otras razones: no podés ocuparte de un marido e hijos y a la vez ser cirujana, mejor estudiá química y te buscás un trabajo de medio día.

Mi paso por la Facultad de Ciencias Exactas fue breve. El primer mes dejé caer una gota de bromo de una probeta sobre el dorso de la mano derecha que me dejó una cicatriz que aún tengo. En el tercer mes, dos días después de un parcial, me llamó el jefe de trabajos prácticos a su oficina: "Se sacó la mejor nota, Molloy, pero usted no está contenta aquí", me dijo. "Además la veo siempre con un libro a cuestas, ¿qué está leyendo ahora?". "El rojo y el negro", aventuré turbada. "A mí me gusta más La cartuja de Parma", me contestó. Y luego: "¿Por qué no se va, Molloy?" Pensé: me está dando permiso para irme. Pensé: a este hombre le pasó algo parecido pero no le dieron permiso. Pensé: quiero explicarle por qué me gusta más El rojo y el negro. Pero solo atiné a darle las gracias y a salir del despacho.

En el camino de vuelta a casa me invadió el miedo: qué iban a decir mis padres. Ante mi sorpresa no se inmutaron y aceptaron el consejo del jefe de trabajos prácticos a quien agradezco mentalmente hasta el día de hoy. Se llamaba Héctor Pozzi. A la semana quedó claro que estudiaría literatura. No miré nunca para atrás.

De vez en cuando miro la cicatriz que me dejó en la mano derecha la gota de bromo. Casi un trofeo de guerra.

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