Adiós a una poeta muy querida
Clara Rebotaro partió y dejó una estela de buenos recuerdos. Su generosidad era excepcional. Una breve imagen de su vida y cuatro textos suyos

Domingo 04 de Julio de 2021

Apenas comenzado junio, y a los pocos días de cumplir 88 años, falleció la poeta Clara Rebotaro –Pipa–. Deja atrás una obra tardía pero prolífica, de gran riqueza, y también la presencia de un ser entusiasta, jovial y de gran calidez.

Nacida en Acebal –y alma máter del concurso anual de poesía de esa localidad–, vivió en Rosario desde los veintiún años. Luego de casarse dejó una década los estudios para retomar luego la universidad y recibirse de licenciada en Ciencias Políticas. Durante la década del 90 cursó la carrera de Letras de la UNR.

Si bien habría tenido una relación temprana con la poesía, escribió su primer soneto a los cincuenta y cinco años –forma que cultivó junto al verso libre– y recién en 1989 publicó su primer libro, En sazón.

Luego prosiguieron Altas mares (1992), Poemas con insectos (1994), Hematopoemas (1996), El color exigido (1998), Mineral desterrado (2001), Sala de música (2004), Sumisión de la hierba (2007), Poemas vinarios (2009), Batracio silencioso ((2011) y Entorno (2015).

En un reportaje del año 2007 que le hiciera Sonia Scarabelli decía que sus poemas, no obstante estar siempre vinculados a una temática particular, eran poemas de amor, y que no existía una separación muy notoria entre el yo lírico y el yo biográfico en su escritura.

Contaba además que sus ediciones de autor las vendía a bajo precio en la presentación para que sus libros pudieran circular y donaba lo recaudado en la ocasión.

Otra particularidad en sus publicaciones fue la inclusión de poetas o artistas invitados, lo que habla a las claras –justamente– de su generosidad.

Decía que no lo interesaba ser una gran poeta, sino una buena persona y ser querida. Vayan entonces estos poemas suyos como despedida y muestra de una buena poeta y de una buena persona –que no es poco–.

Pueblo mío

A Edgard Morisoli

Comienzo a respirarte

cuando te nombro

y duele la memoria

en cada pensamiento

que te evoca.

Una casa

un árbol

una calle

prestan su forma

para imaginarte

y se dibuja una pena

que pone en fuga

toda idea de regreso...

No recuperar la infancia

es el gran dolor

que no podemos remediar

ni vos

ni yo.

Tono menor

Tengo todo

en mi mitad entera

roto en mi red

de innúmeras retículas

inmóviles y frágiles

íntimas de intimidad fatal.

Tengo todo

y estoy

sola

toda

sola.

Nadie sabe la hora

Nadie sabe la hora

del deleite inequívoco:

alba, mañana o siesta, la noche más poblada…

El mediodía ardiente…

Pero sí todos lo saben

que se eclipsan los soles

en brillantes pupilas

y no se escuchan cantos

por suspiro o gemido.

Nadie sabe la hora

de tantas repetidas muertes.

A veces

A Susana Valenti

Probaste tu soledad

excluyéndome.

Hostil modo de olvidar.

A la intensidad del beso

largamente gozado

surgió el temblor de morir

cuando peinabas mi pelo

disculpándote.

Yo tomé tu cabeza

como una gran copa

hasta confundirla

con mis manos.

Cuando me salgo de vos,

a veces,

canto.