Cartas de lectores

Una ciudad sin baños públicos

Sábado 06 de Enero de 2018

En julio del año pasado, en uno de esos días en que el frío laceraba, encontré a una señora en la plaza Sarmiento que sufría de prolapso, y en consecuencia de incontinencia, y tenía urgente necesidad de usar un baño público. Pero los de la plaza Sarmiento habían sido erradicados, decisión que ambas cuestionamos como totalmente desacertada. Pasé como a la hora y la pobre mujer estaba muy afligida ya que había acontecido lo previsible. Luego de deambular de bar en bar para encontrarse con una negativa, su cuerpo no pudo contenerse y tuvo que llamar a su hijo de una localidad cercana para que viniera a buscarla, episodio que fue muy vergonzoso para ella. Una pregunta, señores concejales y los de grupos ecologistas, ¿no se han dado cuenta de que Rosario, que pretende ser una ciudad turística, debe proveer este elemental servicio? Rosario no tiene baños públicos. Hace dos semanas aproximadamente, cuando el calor asfixiaba a tal punto que no se podía casi respirar, el cemento quemaba como un infierno y no había ni siquiera una brisa que pudiese paliar la sensación de ahogo. Recorrí la calle Córdoba de Corrientes a Laprida, al pasar por San Martín vi gente sentada en el suelo en el Banco Nación, varias personas que estaban tomando algo fresco o haciendo un stop para su almuerzo. Y trajo a mi memoria los tiempos en que había bancos en esa franja, bancos que sirvieron a los jubilados por años para un lugar de encuentro y también bancos que daban al cansado, al mareado, a la embarazada, al que precisaba un parate en el camino, un descanso. De paso es menester puntualizar que bancos abundan en todos los países de buena calidad de vida. Implacable Rosario, sin baños, sin bancos, y no sólo en el centro hay carencia de bancos sino en lugares públicos como el Patio de la Madera, el parque Scalabrini Ortiz, el parque Yrigoyen, y la lista puede seguir y seguir. Uno no puede sino dejar de pensar en Rosario como una ciudad excluyente de los que menos tienen, los que no pueden ir a tomarse un café para usar un banco, por ejemplo. Y si se profundiza el pensamiento en lo que implica el no tener bancos en los lugares de uso masivo como un parque o espacio público donde no existen, a los que se excluye es a los discapacitados, a la gente mayor, a quienes no pueden sentarse en el suelo por el motivo que fuere. Digo, ¿será que la mayoría de los concejales vive en una realidad tan indiferente que las necesidades del grueso de la población no se notan? Pues sirva esta carta para resaltar que esta ciudad dista muchísimo de ser una urbe turística, es una aldea de proporciones grandes, pero de visión muy corta, visión que sólo se extiende para las clases más favorecidas.

Myriam Koldorff

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