Cartas de lectores

Un verdadero despropósito

Domingo 09 de Diciembre de 2018

A raíz del decreto aprobado en el Concejo Municipal de Rosario de retirar los símbolos religiosos de escuelas y hospitales públicos "en cumplimiento de los principios de libertad religiosa y conciencia reforzando el carácter laico de la ciudad", (según lo expresa la norma y atento a su origen y legitimidad), y aportando a un debate sereno y responsable, manifiesto a través de estas líneas mi forma de pensar. No debemos confundir el espacio público con el Estado. O suponer que el espacio público le pertenece al Estado. No es así. El espacio público es de todos los ciudadanos y refleja nuestra realidad, también nuestra diversidad. El Estado, en todo caso administra y regula que el uso del espacio público esté suficientemente garantizado para todos, resguardando la libertad de expresión, uno de los pilares de la democracia. Determinar si tiene que haber o no símbolos religiosos en el espacio público es cuestión que tiene que ver con la historia, las costumbres y tradiciones de cada pueblo, con los ciudadanos, su cultura y sus libertades, especialmente con la libertad religiosa que supone siempre un ejercicio de convivencia y en donde un gran número de ciudadanos reconoce como expresión de sus valores espirituales y morales. La imagen religiosa representa muchas cosas para muchos. Es una muestra de libertad, de esperanza, de justicia, de amor. En nuestro país, los símbolos religiosos y más concretamente el crucifijo es portador de valores comunes históricos y culturales. Es un factor de unión trascendente por encima de las disputas políticas e ideológicas que no necesariamente debe ser excluido, más todavía en una sociedad pluralista donde nadie deberá sentirse herido o privilegiado, pues esas creencias y valores religiosas existen en la realidad y son factores silenciosos de unión, aun para quienes carecen de fe religiosa o tienen otros credos. La cruz es un símbolo religioso que identifica culturalmente a la mayoría del pueblo argentino y sus ansias de libertad y soberanía por la que dieron su vida tantos hermanos nuestros.

Recuperar la paz perdida

Se llama violencia y no es una maldición, tampoco una epidemia. De todas maneras se esparce por la sociedad, arrasando la paz necesaria para una convivencia normal. Si fuera una maldición podríamos recurrir a algún mágico personaje para exorcizar al pueblo que la padece. Si fuera una epidemia, nos ayudaría la ciencia. Pero como no es lo uno ni lo otro debemos pensar qué hacemos. Porque hasta acá observo en la gente una suerte de aparente impotencia ante este verdadero flagelo nacional. Como si fuera la fiebre amarilla de otros tiempos, o la hepatitis actual, debemos saber su origen, para encontrar la vacuna preventiva o el tratamiento curativo. Que termine con ella de una buena vez o ella terminará con nosotros. Habita las calles, los hogares, los lugares de trabajo, las colas de los bancos, ataca niños, mujeres, ancianos. Confunde a los jóvenes marcándoles un sendero equivocado. Altera a las personas al volante, incita a la ingesta de drogas y de alcohol. Arrasa los bolsillos de los trabajadores, inflama los ánimos de los desocupados. A través de la historia observamos que el clamor de los pueblos ha marcado senderos trascendentes, por ello sugiero exigir a quienes corresponda y exigirnos a nosotros en nuestro accionar cotidiano el retorno de la paz necesaria para una vida normal. Con los medios que disponga el gobierno nacional, provincial y municipal, con los que dispongamos cada uno de nosotros, y todos los medios de difusión, televisivos, radiales, escritos, forjadores de opinión. Todos sin excepción, con la inteligencia volcada en el bienestar general, pero con un solo norte: recuperar la paz perdida. Resignarnos, jamás.

El fútbol, un gran negocio

No es que me importen mucho los clubes River y Boca, porque soy hincha de uno de Rosario, pero es bochornoso lo que sucedió el día que debió jugarse la final de la Copa Libertadores de América, y me hace sentir mal como integrante de esta sociedad. En primer término, una estafa a los miles de espectadores que llenaron el Monumental y les hicieron esperar más de dos horas del comienzo del partido para decirles que se suspendía. La poca reacción de esta situación por parte de las autoridades de River y posteriormente acordar jugar el partido no sólo fuera del Monumental sino en España, lejos de su hinchada, pero muy favorable económicamente. Una actuación similar a la de los mejores actores internacionales por parte de los jugadores de Boca, como si les hubieran bombardeado el colectivo, y no tirarle una piedra que rompió un vidrio como en muchas otras oportunidades. Ni más ni menos que los que se tiran en la cancha cuándo un rival los roza sin tocarlos, simulando un golpe para tratar de obtener una ventaja deportiva, y todo hace pensar eso porque luego se pide el partido ganado. El aporte de los periodistas pro Boca inflando la puesta en escena. El deficiente accionar de las fuerzas de seguridad de la Capital Federal, quienes no pudieron o no quisieron evitar el suceso, porque hasta pareciera que hubiera sido todo orquestado para suspender el partido. Y lo más lamentable, la falta de respeto a los próceres americanos que lucharon para liberar los países de la ocupación del reinado de España, al jugar una "Copa Libertadores", justamente en ese país. Esto no debió ser permitido por nuestros gobernantes, aunque sea un partido de fútbol. Como futbolero y argentino me avergüenzo de ver que ya no hay pasión ni respeto por los hinchas, que sin ellos no existiría este deporte, ni por nuestra historia. Ahora todo es un gran negocio.

Charla entre padre e hija canallas

Yo le decía a Coni, mirá que es una final y se puede perder, pero también se puede ganar. Ella me decía: sí, papá, ya lo sé. Yo le decía a Coni, Rosario Central es mucho más que un amigo. Y ella me decía, ¡claro papá!, también lo sé. Yo le decía a Coni, mirá que Rosario Central es de esos amigos que uno pone las manos en el fuego por él. Y ella me decía, sí, papá ya lo sé. Todo eso ya lo pensé. Yo le decía a Coni, mirá que Rosario Central es de esos amigos que uno no sabe por qué los quiere tanto. Pero pone las manos en el fuego aún cuando se puede quemar. (Porque es muy fácil poner las manos en el fuego por un amigo sabiendo que no se va a quemar, nosotros con Rosario Central, Coni, ponemos las manos en el fuego, aún sabiendo que nos vamos a quemar). Ella me miró y no dijo más nada. Mendoza, 6 de diciembre de 2018.

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