Viernes 09 de Diciembre de 2011
De acuerdo a un estudio que realiza anualmente la organización alemana no gubernamental Transparencia Internacional, la Argentina se ubica entre los diez países más corruptos de América latina. Según el índice de corrupción de 2011, nuestro país quedó en el puesto 100, de los 183 países evaluados. En una escala de cero a diez, Argentina obtuvo la calificación tres, en consonancia con México. En este contexto, nadie podrá negar que sacamos un aplazo en términos de transparencia. Ahora bien, vale aclarar que la corrupción no puede limitarse al ámbito político, la corrupción es palpable en nuestro entorno, está presente en los actos cotidianos. Lo más preocupante es que las sociedades, o al menos una gran parte de cada una de ellas, aceptan los hechos de corrupción como normales, comunes a todos los sectores sociales. Ante ciertos episodios de sobornos, injusticias, abusos, engaños, mentiras, mucha gente no se conmueve ni se hace eco de la gravedad del caso. Esto deja entrever que prevalece la resignación de los habitantes. La corrupción se previene con más educación, compromiso, honestidad, respeto, solidaridad, justicia. Es importante formar a los niños, a los adolescentes bajo estas premisas. La familia y la escuela deben cumplir una función esencial en este sentido. La corrupción daña la dignidad de las personas. Es fundamental que las próximas generaciones crezcan en un ambiente de transparencia de sus actos, educación y respeto hacia los semejantes.
Marcelo Malvestitti