Viernes 20 de Junio de 2008
Respecto a la nota que alude a las bondades futuras del bosque de los Constituyentes del pasado 10 de junio, creo que faltó hacer justicia a la historia del mismo. El bosque no apareció por generación espontánea. La propia esencia de la denominación nos remite al necesario tiempo que debe transcurrir para que un basural se transforme en un pulmón verde y más aún, en un bosque. Es necesario tener mucha imaginación, más una buena dosis de visión de futuro y, claro, algo de conocimiento. Esto dicho sin dejar de pensar en algo que hoy escasea en este país, decisión política. El bosque se desarrolló en el anonimato que conllevan todas las cosas públicas que no son rimbombantes, que necesitan de mucho tiempo y cuyos relativos réditos políticos quedan diluidos por el paso de las administraciones. En un país sin memoria quiero recordar que el bosque se realizó, durante la gestión de Héctor Cavallero, funcionario que a pesar de no ser hoy santo de mi devoción, tuvo la decisión política de pensar en el futuro. Vale decir que esa decisión política se tomó sobre la idea de dos destacados profesionales de esta ciudad que anónimamente llevaron a cabo semejante obra. Se trata del ingeniero agrónomo Alejandro Gabi y el paisajista Ricardo Figueroa. No veo que la nota los tenga en consideración ni que los funcionarios mencionados en la misma piensen tan siquiera consultarlos respecto al futuro del preciado bosque. Nos llenamos la boca elogiando al meritorio Carlos Gessell o a los visionarios Bunge. Bueno, vaya mi reconocimiento para estos queridos amigos que se animaron a soñar una obra que les llevaría media vida para empezar a ver los resultados.
Edgardo Juárez, DNI 8.599.954