Miércoles 04 de Junio de 2008
No sé si el comandante Che Guevara fue todo lo casto y puro que sostienen sus seguidores, pero sí sé que fue un hombre verdaderamente valiente. De no ser así, no se explica cómo un ejército entero buscó eliminarlo a él y a su puñado de combatientes, todos hambrientos y heridos. No sé si su ideario revolucionario, que propugnaba la búsqueda de un hombre mejor (será esto posible, permítanme el beneficio de la duda) fue del todo acertado, pero sí sé que no se guardó nada para sí en este derrotero, de hecho murió por esta causa. Lo aquí expuesto todo el mundo lo sabe, y en este todo el mundo está el señor Hernández Larguía, quien no obstante, y vaya a saber por qué morbo inconfesable, supo sostener el 28 de mayo por este medio lo siguiente: "Del Che Guevara celebro coincidir en un todo con usted. Le diré más, un sacerdote católico que atendía espiritualmente a los numerosos condenados a muerte por el régimen castrista, narra que el siniestro personaje asistía muy ufano a los fusilamientos, fumando displicentemente uno de sus costosos habanos". Cuando se habla sin fundamentar lo que se sostiene en el decir se está hablando por boca de ganso. Esto no sería lo grave, ya que en este bendito país es muy común que cualquier persona diga cualquier cosa acerca de cualquier tema. Solo que aquí, al denostar a figura tan emblemática de la juventud, por carácter transitivo se está escupiendo a la flor y nata de la sociedad toda, que es la juventud. Sobre todo a la de esta ciudad que fue la cuna del Che. ¿Sabe usted, señor Larguía, que el Che es de acá?
Ricardo A. Laluce, LE 7.685.770