Viernes 06 de Junio de 2008
Soñé que estaba en un país donde todo funcionaba a la perfección, nada preocupaba a los habitantes, mucha gente se destacaba por su cordialidad y respetuosidad; pero también la alegría en sus rostros. Caminaba yo por veredas angostas, pulcras y al cruzar la calle tenía prioridad en el paso, no los automovilistas. A ninguno se le ocurriría acelerar la marcha. Observaba salutaciones permanentes entre las personas, aquel que rozara casualmente a su semejante o lo tocara sin intenciones, pedía disculpas. Un gesto admirable. Por momentos fijó la mirada en la cantidad de carteles indicadores, claro, servían para orientar o guiar a quienes dudaban, como yo, sobre adónde dirigirse. Todas las personas obedecían las normas. ¿Cruzar un semáforo en rojo?, imposible; ¿cruzarse de carril sin previo aviso?, tampoco. Mientras deambulaba, contemplaba el orden, la organización, el respeto por el prójimo, la limpieza general en la vía pública, los comercios atestados de gente. Cuando desperté sentí una satisfacción indescriptible, aunque haya sido sólo un sueño y luego debí toparme con la realidad que vivo y padezco día a día.
Marcelo Malvestitti, marcelomalvestitti35@hotmail.com