Sábado 26 de Abril de 2008
El humo denso que estamos padeciendo en estos días tantos millones de argentinos que habitan en ciudades a orillas del río Paraná o del río de la Plata es una metáfora de la realidad argentina. Es un humo fantasmagórico que penetra por las ventanas, un aire malsano y gris de la demagogia y del facilismo, del complot institucionalizado e impune. Es el aire viciado y contaminado por la falta de justicia y del respeto a la división de poderes; es el aire de la inseguridad que gustan respirar los que están al margen de la ley, los serviles y los inútiles. Los edificios que se desvanecen a pocos metros de nuestra vista, equivalen a la Nación que se va deshaciendo entre caprichos, coimas, valijas, bótox, estadísticas retorcidas del Indec, corrupción, intolerancia, intereses mezquinos y mediocres vendepatrias. Ese humo es la incineración de todos los proyectos de una Nación justa, libre y soberana. Es la desaparición del futuro de grandeza, despejado, con aire puro y con fragancia a flores que todos añoramos. Ha sido reemplazado por un olor a pasto verde quemado, por el hollín y picazón en los ojos, nariz y garganta. Esa humareda permanente y falta de visibilidad en las calles recuerda a las sociedades futuristas imaginadas por los autores de ciencia-ficción donde el pueblo vive oprimido, temeroso, bajo estado de sitio y a merced de los caprichos de sus gobernantes. Esas cenizas en suspensión auguran enfrentamientos entre hermanos, dirigidos desde las más altas esferas del poder. Esta niebla cuasi permanente es el símbolo del Kali-yuga o "Era de la Oscuridad" que vaticinaron los antiguos hindúes, una era maligna que precede al final de los tiempos. Los malos aires han venido para quedarse en la Argentina.
Alberto Seoane,
albertoseoane@yahoo.com.ar