Carta de lectores

Retrato de un soñador

Domingo 04 de Octubre de 2020

Cuando nos pusieron las camisetas de la primera, sonó una carcajada general. Nos quedaban Cuando nos pusieron las camisetas de la primera, sonó una carcajada general. Nos quedaban como vestidos largos. Éramos gurrumines de 9 años y en el club Libertad esas eran las únicas que había. Era el día del debut de la cadete infantil en un partido oficial. Los rivales llegaron vestidos con sus uniformes nuevos y en la espalda impreso el nombre del club: Horizonte. El maestro,director técnico y delegado de nuestro equipo, era un muchacho rubio, enérgico, que había nacido para liderar. No tenía muchos más años que nosotros. Apenas había pasado los 17. Había llegado el árbitro y se aproximaba la hora del partido, pero nosotros no teníamos camisetas. Entonces se escuchó la voz del rubio, decidido: “Alguien que vaya a la tienda de Siuffi. Pídanle 10 camisetas musculosas blancas, para niños y que las anoten para mí. Toquen timbre porque hoy está cerrado”. Puso a otros dos amigos a quemar unos corchos de sidra, mientras miraba nervioso la puerta. A los 10 minutos llegó corriendo el Gringo con un paquete. ¡Eran las musculosas! Nos dieron una a cada uno y cuando las teníamos puestas, con los corchos quemados nos pintaron el número. Ese fue el debut de la cadete infantil del Club Atlético Libertad. Así jugamos y ganamos. Corría el año 1955. Apenas podíamos dominar la pelota, que también era la que usaban los grandes, número 6, de cuero, inmensa. Al día siguiente a la mañana jugamos en Unión y Progreso y volvimos a ganar, con las mismas camisetas. Fue el primer equipo que armó y dirigió Guillermo Burelli, quien nunca más abandonaría el camino que lo llevó a ser una leyenda. Fundado un 2 de octubre de 1920, hace 100 años, Libertad siempre fue un club convocante. Desde su bautismo, con un claro mensaje de los pioneros, creció a fuerza de gestos heroicos, de esfuerzo y de horas robadas al descanso que aportaron los visionarios, para que los sueños fueran realidad. Las ventanas de hierro que dan a la calle Felipe Moré las hizo mi padre, hace 75 años, y todavía están allí. Como está allí la entrega de tantos hombres y mujeres que dejaron su marca, construyendo un modelo de desarrollo humano, aportando a un futuro que muchos no vieron. El club fue y es una escuela de vida. Y para marcar el camino, lo llamaron Libertad. Guillermo Burelli tomó de aquellos viejos luchadores el ímpetu y las convicciones y construyó desde lo que había. Una institución humanamente rica, materialmente muy pobre, socialmente activa y en crecimiento. En una discusión con un presidente escuchó la frase que esperaba: “Si no le gusta porque no arma usted las inferiores de basquet”. No terminó de escucharla y contestó: “Cómo no, empiezo mañana”. Fue un desarrollo furioso. Todos campeones. Formó cientos de jugadores. Con aquellos chicos de las camisetas pintadas con corcho quemado logró el ascenso a la primera, que tantas veces se había soñado, en una final histórica. Se jugó en Sportivo América ante una multitud contra Servando Bayo, el rival del barrio. Y luego, campeón de primera y de la provincia. Formó basquetbolistas muchos años, dirigió en otros clubes, fue un hombre de consulta permanente y siguió siendo siempre un apasionado discutidor. Hay jugadores en las ligas del mundo que fueron sus discípulos. Otros integraron selecciones nacionales y muchos juegan hoy en grandes equipos de la Liga Nacional. A Guillermo Burelli le ganó la peste. Con su poder maligno logró vencerlo. Se fue junto a su esposa, su compañera de toda la vida. Decía: “Hay que crecer y aprender a volar, nadie puede hacerlo con alas prestadas”. Le decían el Loco, como a todos los que se animan a crear en libertad y a destacarse de la manada.

Jorge Cánepa

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