Miércoles 21 de Mayo de 2008
Hace tiempo que escuchamos decir a la presidenta que hay que redistribuir la riqueza y el ingreso, cosa buena por cierto que nunca se hace realidad. Con cuidada dialéctica se trata de convencer, sobre todo a los pobres, que con esas políticas sociales las cosas cambiarán, pues es algo justo. Pero ocurre que no sólo no hay ninguna distribución de los ingresos —que son muchos— sino que la riqueza a "redistribuir" se concentra en las pocas manos de siempre. Las altas retenciones impuestas al campo y exportaciones agrícolas generan miles de millones de dólares que son un componente clave del superávit fiscal. Nunca se pensaron como un instrumento de distribución del ingreso, como dice el gobierno, sino como herramienta recaudatoria para afrontar, entre otras prioridades y conveniencias, la deuda externa y sus intereses. No es cierto entonces que ese impuesto, no compartido con las provincias, se utilice para redistribuir ingresos entre los más necesitados. El modelo beneficia siempre a los mismos, es decir, los sectores medios y medios altos mientras que el resto, el pobrerío (más de 10 millones) poco o nada recibe de tanta plata que el Estado acumula. A los marginados de siempre no les llega la "distribución de la riqueza" de la que tanto se habla. La política, decía Voltaire, es el arte de mentir a propósito, y los hechos de nuestra realidad lo confirma muy bien. La señora Cristina, varias veces millonaria, dijo: "La redistribución del ingreso es la lucha para que los que más tienen entiendan de una buena vez por todas que quienes más tienen y ganan tiendan la mano solidaria hacia el pueblo que reclama trabajo, salud y vivienda". ¡Qué ingenuidad! Si tenemos que esperar eso estamos fritos. Los pobres seguirán con toda su pobreza y más también. Es evidente que no hay una sincera voluntad política para, al menos en algo, redistribuir la riqueza, solo con palabras. La paciencia no es el remedio de la pobreza, vale recordar.
Roberto J. Torres, DNI 6.037.069