Sábado 10 de Mayo de 2008
El fin de semana pasado tuvo lugar en Rosario el Encuentro de Lesbianas y Bisexuales, con lo cual se sigue tratando por todos los medios (económicos, políticos o sociales, tanto a nivel nacional como provincial y municipal) que las personas tomen como normal dichas situaciones. La acción secularizadora que se ejerce sobre la sociedad parece tener como único objetivo la destrucción de la familia. La implementación de una sociedad laica pasa necesariamente por romper el vínculo matrimonial y la relación entre padres e hijos. No es sólo el matrimonio como sacramento el atacado; lo es el mismo concepto de unión procreadora y educadora en su sentido más amplio, que la naturaleza posee para perpetuar la especie. Divorcio, aborto, uniones homosexuales, estatismo en la educación, se han hecho carne en amplios sectores de la sociedad. Hay que ser ciego para no darse cuenta de que quienes propician esta campaña y quienes han claudicado ante ella ya sin capacidad de reacción forman una amplia mayoría en nuestra clase dirigente. Se podría pensar que todo esto es sólo una consecuencia de un indefinido y lento progreso del hedonismo. Pero hay que retroceder unas cuatro o cinco décadas y recordar la solapada y eficaz acción de un marxismo de supuesto "rostro humano" en nuestra universidad, en la que ha bebido un sector de aquella clase dirigente. Marx, en un breve escrito titulado "Tesis sobre Feuerbach", afirma que la explicación del hecho religioso siempre se encuentra en una realidad humana que lo sustenta; todo lo que creemos no es más que una sublimación de algo meramente humano. En este sentido, si se quiere terminar con los perjuicios religiosos sólo se logrará, según Marx, transformando la estructura humana en la que se originan. Desde esta perspectiva la religión cristiana que tiene como principio la fe en un Dios Padre que ha enviado a su Hijo a redimir el mundo, no es más que un trasunto de realidades familiares. Por tanto, si queremos erradicar los perjuicios religiosos, hay que criticar teóricamente la creencia religiosa y revolucionar prácticamente la realidad humana. La crítica a que ha estado sometida la institución familiar llamada tradicional, acusada de periclitada y opresiva para la libertad, no es meramente una crítica a una institución que se considera pilar fundamental de un tipo de sociedad y vida que hay que superar. Es, sobre todo, una acción dirigida a socavar el fundamento religioso de la vida de los hombres y de las sociedades. En la institución familiar se reconocen los planes de Dios sobre la humanidad y además en la vida familiar es donde se transmite la fe religiosa. Surge entonces la pregunta de qué hacer con nuestros hijos, que están más expuestos a absorber todo los antivalores que se les trasmite por los medios de comunicación social o inclusive en los colegios (ver el proyecto de ley que sancionó la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires por el cual habrá un día en las escuelas porteñas dedicado a promover la homosexualidad). Aún en medio de las dificultades de la acción educadora, los padres deben formar a los hijos con confianza y valentía en los valores esenciales de la vida. La educación sexual, derecho y deber fundamental de los padres, debe realizarse siempre bajo su dirección solícita, tanto en casa como en los centros educativos elegidos y controlados por ellos. Además los padres podrían fomentar la confianza con sus hijos, introducirlos en grupos parroquiales sanos, proveerlos de asesor espiritual cuando se pueda, infundirles la no dependencia de la TV basura, etcétera. Preparar a nuestros hijos para el futuro desarrollo personal y social es el deber primero y fundamental al que estamos llamados, y sólo desde la perspectiva paterna y familiar es posible transmitir los valores esenciales del ser humano completo en su realidad corporal y espiritual. Este deber es el que nos urge y nos llama a colocar la mirada hacia las realidades personales y sociales, no desde el reduccionismo marxista ni desde la imposición estatal de propuestas ajenas a la naturaleza humana como el lesbianismo ni cualquier desviación sexual. Un enfermo que no sabe que está enfermo es doblemente culpable ante su crisis, porque no pide auxilio ni se quiere curar.
Tomás Falkner (director del Centro de Protección Familiar Juan Pablo II),
centroproteccionfamiliar@gmail.com