Por jueces más justos
Fui una de las personas que tuvo el privilegio de conocer a Germán Owsianski, en la Facultad de psicología, cuando todos estábamos llenos de esperanzas y proyectos. Fue esa personita tan adorable y divertida...

Jueves 28 de Febrero de 2008

Fui una de las personas que tuvo el privilegio de conocer a Germán Owsianski, en la Facultad de psicología, cuando todos estábamos llenos de esperanzas y proyectos. Fue esa personita tan adorable y divertida, dueño de unos ojazos verdes imposibles de olvidar, tan inteligente y dado, que poseía la envidiable capacidad de escuchar y memorizar cada palabra dicha por los profesores en la facultad sin necesidad siquiera de tomar nota, la que me brindó su amistad. Entonces, en nombre del derecho que me otorga el cariño que todavía le guardo, y en nombre del mismo dolor que sentí junto a su familia y amigos en ese hospital cuando las opciones se acabaron, cuando escuchamos esas palabras que nunca quisimos oír, me pregunto: ¿impunidad, es una cátedra que se dicta en la facultad de leyes? ¡Lo único que falta es que los jueces le monten un restaurante a Pablo Correa, que lo feliciten y le auguren una buena vida, y caso resuelto! Señores, la Justicia ha actuado. Yo estoy absolutamente en contra de las personas que proponen castigos dignos de una dictadura, pero sí totalmente a favor de los que buscan la verdadera justicia. ¿Creen que porque este "chico" no tenía antecedentes penales, dejó de consumir drogas y sacó muy buenas notas, ya pagó sus deudas con la sociedad? ¿Y la justicia dónde quedó? Por Dios, pónganse a pensar si con 17 años en este mundo donde vivimos, somos niños todavía. Así estamos apañando a todos esos delincuentes que bien saben lo que hacen y matan por un par de zapatillas sin siquiera tener la mayoría de edad, dándoles la tranquilidad que les da su edad. ¿De qué derechos me vienen a hablar estas asistentes sociales, de los derechos de los niños de 17 años que matan a otro de 19? ¿Y quién nos protege a nosotros de esos "niños"? Pónganse en el lugar del otro, aunque ya hayan acallado su voz, en el de esa familia, Angélica y Mario, que sólo lo tenían a él, que sólo vivían por él. Y a ellos, ¿qué derechos humanos los ampara, qué sentencia justa les aliviana ese dolor, quién se pone a pensar en los que quedan sufriendo? Sólo ruego a Dios que nos dé jueces más justos, que los haga más sabios y que por sobre todo los dote de corazón.

Cecilia López , pope04@hotmail.com