Miércoles 13 de Febrero de 2008
Mi hijo fue agredido salvajemente el mes pasado por un patovica en Mar del Plata, cuando pasó por la salida de un boliche al cual no había asistido con sus amigos y vio a este sujeto, invento de la improvisación y de la trama delictiva de las confiterías, cuando castigaba a un chico al que sacaba a trompadas. Al interceder para que dejara de golpearlo, terminó siendo agredido a traición por este sujeto, que le pegó por la espalda y en la nuca. El artero ataque derivó en la inconsciencia de Gonzalo y en un golpe contra la acera a escasos centímetros del cordón. Fue trasladado a terapia intensiva del Hospital de Agudos de Mar del Plata, con el diagnóstico de conmoción cerebral y hemorragia meníngea. Afortunadamente se recuperó y volvimos a casa, fue noticia de todos los medios y creo que los lectores lo han de recordar. La semana pasada leí con gran preocupación en La Capital que los patovicas serán instruidos en artes marciales (yudo) para que tengan herramientas de disuasión. No lo podía creer: ¿darles más armas a los forajidos? El autor intelectual de esta novedad, ¿se detuvo a pensar que el yudo de por sí es una filosofía en la que existe una armonía física y mental que se aprende con los años y con el convencimiento de ser un cambio de vida? Mi pregunta es: ¿hasta cuándo seguiremos en este caracol de autorizaciones irresponsables a personajes tenebrosos en los que se ha delegado la función del cuidado del orden, que es exclusiva responsabilidad del Estado? Estos encargados de la seguridad beben como si fueran parroquianos y suelen consumir estimulantes. Todo esto hace que sea imposible confiar en su capacidad de pensamiento y reacción lógica.
Eugenio Gayol