Viernes 18 de Julio de 2008
Hace ya tiempo que la política está invadida por los simulacros. La distancia entre los discursos que exaltan las calidades institucionales y la realidad cotidiana es ya una brecha insuperable. La concentración de capitales marca cada vez más una crisis de representación, y esto pone fuera de todo control de las mujeres y los hombres de a pie cuestiones esenciales para nuestra vida: salud pública, alimentos, energía, transportes, etcétera. Asistimos como convidados de piedra a una crisis financiera global que se expande vertiginosa, a su vez a la puja bélica por las fuentes de energía no renovables y ahora vienen por más: el control omnímodo de la producción y distribución de alimentos. Esto tiene manifestaciones locales más o menos cruentas, los campesinos sin tierra desde Chiapas hasta el Brasil vienen dando el grito de alerta antes de la hecatombe. Hace más de seis décadas, al otro lado del mar, el pueblo ibérico dio una digna respuesta a la barbarie fascista; frente a la avanzada militar de la guerra civil provocada por Franco, el pueblo en armas inició su heroica gesta libertaria, autogestionando tierras y fábricas. La reacción de las potencias occidentales fue la indiferencia cómplice, la de Stalin la traición lisa y llana y la de Mussolini y Hitler las bombas sobre Gernika y otros poblados. Ese ejemplo de resistencia civil ha dejado un legado que la humanidad del presente debería recoger, para la supervivencia de la especie en estos tiempos sombríos. La llama de la esperanza de los pueblos tiene como fundamento aquellas palabras de Buenaventura Durruti : "Llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones".
Carlos A. Solero,
casolero_1@hotmail.com