Cartas de lectores

No callar

En medio de tantos infames silencios cómplices con el patriarcado dominante cabe destacar la valiente actitud de la joven actriz Thelma Fardín, que denunció a su violador.

Viernes 14 de Diciembre de 2018

En medio de tantos infames silencios cómplices con el patriarcado dominante cabe destacar la valiente actitud de la joven actriz Thelma Fardín, que denunció a su violador. No importa si pasaron diez años del aberrante acto de ese ser abyecto que ejerciendo la dominación masculina ultrajó a una mujer. La terrible socialización de lo biológico y la biologización de lo social como señala Pierre Bourdieu tienden a naturalizar la opresión patriarcal. El patriarcado fue una de las bases de sustentación ideológica en las campañas de conquista a lo largo de la historia. Uno de los argumentos para justificar el sometimiento. No en vano en las guerras las mujeres son tomadas como botín por los invasores. La invasión de Kuwait por las tropas iraquíes. El repugnante accionar de los grupos de tareas durante los años de plomo del terrorismo de Estado en la región Argentina. La Inquisición clerical, el nazismo. La apropiación de los cuerpos caracteriza al capitalismo, es la quintaesencia de la dominación. Nunca callar frente a los opresores. A la hipocresía patriarcal hay que enfrentarla, en alta voz y aun a los gritos porque hay silencios que aturden.

Carlos A. Solero


El modelo económico

En diversas oportunidades he dicho que la coalición gobernante ha tenido un gran objetivo de fondo, revertir las conquistas logradas en la década previa y dejar sentada las bases para una profunda transformación de la economía y sociedad. Y lo ha hecho coherentemente. La caída de los salarios, el recorte del gasto social y la pérdida del empleo indican quiénes son los que pierden con este modelo. Este esquema económico necesita un segundo mandato para seguir consolidando sus objetivos.

Julio Bertorini


¿La profecía cumplida?

Siendo las 17.30 del martes 8 de diciembre, en el día de la Inmaculada Concepción de la Virgen, escucho consternado por una radio local una noticia que me mueve a esta reflexión, o quizás profecía. Nuestra bandera, que flamea en el Mástil Mayor de la Patria del Monumento Nacional en su honor, por el fuerte viento de esta tarde literalmente, ¡se partió en dos! Un harapo de ella quedó unida en lo alto del mástil, mientras que otra gran parte del lienzo cayó partido, como herido en su integridad al suelo, arrastrado por el furioso viento de ese día profético, siendo "pisoteada" por la gente que paseaba por el lugar, con la intención de que el paño patrio no fuera arrastrada por el viento... Nuestra bandera, la única que debiera emblematizarnos, como símbolo de nacionalidad, de unidad, de soberanía, dignidad y justicia, ya sea en lo social, político o cualquiera de los muchos "ismos" que nos parten y dividen cada vez más como sociedad civilizada. Esto último, lo de civilizada, dicho con cierta duda y escepticismo, viendo los últimos acontecimientos e imperio de los miserables egos y facciones por sobre el bien común que nos laceran y debilitan ante los poderes del mundo, ante el futuro y nuestro destino como Nación. Que nos arrebatan en su fanatismo y odio la felicidad, la salud mental y la paz que anhelamos como sociedad. ¿Las últimas elecciones presidenciales no arrojaron un casi 50 por ciento para cada lado? ¿Sugestivo, no? O será esta partición de nuestro emblema nacional un presagio que nos alerta ante lo que se nos avecina como Nación y Patria grande de hermanos que estamos llamados a ser. ¡Nuestra bandera! Que ostenta en sus pliegues el blanco de paz, un azul de cielo, y en su centro el sol dorado de 32 rayos, como metáfora cósmica de calor, de luz, de fecundidad y prosperidad en la fuerza que sustenta toda vida en el planeta. Todo un símbolo magnificente y fuerte, si sabemos mirar, entender, ser en consecuencia. Pienso que deberíamos evolucionar de la parcialidad de la política, con "p" minúscula, muchas veces miserable, fanática o fascista; hacia la "valorítica", una política sustentada en valores universales y trascendentes: la justicia, la dignidad de la vida y de toda vida, el derecho inalienable a ser, la democracia como forma de convivencia hacia la felicidad y grandeza de todos, y no como guerra de la intolerancia y la obsecuencia. Pienso... esta debiera ser nuestra brújula ante los nuevos tiempos que se avecinan. Allí tenemos el magistral ejemplo de argentinos heroicos y grandes, que nos dignifican y señala el camino, Belgrano, el Papa Francisco, Favaloro, entre otros, como símbolo universal de los que somos capaces los argentinos enarbolando la fe, el amor, la justicia, el trabajo, la inteligencia, la dignidad de los hijos e hijas de Dios como identidad y medida. Creo que no queda más nada por decir. Si no aprendemos con este designio de lo alto, ¿cuándo? Si no somos nosotros, ¿quiénes?

Juan Carlos Bensuley


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