Domingo 06 de Enero de 2008
Esta simpática costumbre, que por lo visto viene desde muy lejos y provoca admiración y llena de asombro al espectador debería, a la luz de la realidad actual, empezar a ser vista como lo que realmente es, una actitud dañina para el medio ambiente. En efecto, apagado el último destello, queda en la atmósfera la penosa consecuencia de un sinnúmero de gases tóxicos de azufre, fósforo, monóxido de carbono y óxidos de metales pesados. Como en algunas especies de animales, los más llamativos son los más letales, y los mejores colores se logran con sales de metales como el estroncio, por citar alguno. La conciencia ambiental actual indica que esta manifestación es retrógrada, ya que no se puede justificar semejante desatino sólo con fines de mero entretenimiento. Nuestros nietos nos van a criticar con frases como "Nuestros abuelos soltaban fuegos artificiales nada más que para divertirse". ¿Se puede entender eso? Si pretendemos integrar el llamado Primer Mundo, empecemos por tomar la iniciativa en estos temas y demos desde aquí una humilde lección de ambientalismo en serio. No se hace ambientalismo quemando cubiertas en un piquete ni festejando con fuegos artificiales en carnaval mientras observamos de reojo y de mala manera la chimenea que está allí enfrente. Legislemos al respecto y una vez hecho esto obliguémonos a cumplir las leyes. Demos desde aquí el ejemplo o terminaremos, por ignorancia, festejando la firma del Protocolo de Kioto con fuegos artificiales.
Enrique Lauría
elauria@gmail.com