Cartas de lectores

Navegando a la deriva

Claves. El acuerdo-salvataje que la provincia le dispensa a Rosario pone en foco la relación entre gobernador e intendente, afinada como un violín. El tiempo será testigo de cómo evoluciona llegados los tiempos electorales.

Domingo 09 de Agosto de 2020

El título de esta carta casi pareciera referirse a algún cuento del sufrido escritor uruguayo Don Horacio Silvestre Quiroga Forteza. Pero no es un cuento, es una realidad. Una realidad que la comenzamos a sufrir todos y cada uno de los cabales ciudadanos que día a día intentamos, desde nuestro lugar de trabajo, seguir sosteniendo un hogar, una familia, una República, mientras la delincuencia hace estragos destruyendo la paz social y burlándose descaradamente de una Justicia abúlica y quijotesca. Verdaderamente da pena. El tema no es debatir si debe o no existir la justicia por mano propia, porque la realidad marca que ella existe en tanto y en cuanto la otra, “la cieguita”, siga haciendo la plancha y continúe desprotegiendo al ciudadano. Son vasos comunicantes. Una se repliega y automáticamente nos encontramos que la otra avanza. Sin anestesia de ningún tipo. Resulta estéril preguntarse si está bien o mal. Lo que nos debe preocupar es por qué el Estado no logra advertir esto. Por qué lo soslaya. Por qué tiene conductas suicidas. Por qué no es actor y sigue siendo espectador. Por qué peca tanto por omisión. Si no se toma al toro por las astas el país va hacia un callejón sin salida. Va hacia una guerra civil. Nos guste o no. No se puede ser blando con la delincuencia. La prueba está en las calles. En el día a día. No filosofemos, actuemos. Queremos una Justicia garantista de los ciudadanos decentes, no de los delincuentes. El Estado organizado es una creación del hombre. Su voluntad creadora es la causa fuente del mismo y le otorga luego el poder necesario para que éste le garantice la paz social, para así posibilitar el desarrollo integral de cada persona. Ergo, si un Estado no sabe o no puede garantizar la paz social, carece de toda legitimidad y el mandato oportunamente otorgado retorna necesariamente a su pueblo, quien ejercerá por derecho propio el poder antes otorgado. Queremos un país con democracia en serio. Necesitamos una República con normas severas que castiguen los delitos. Queremos vivir en un estado de derecho pero también de obligaciones. Que no existan más hijos y entenados. Necesitamos una Justicia recia que haga cumplir implacablemente la ley. Sólo si nos hacemos esclavos de la ley podremos ser un pueblo libre, digno y feliz. Si el Estado no reacciona apropiadamente, en tiempo forma, para salvaguardar los derechos de sus propios ciudadanos, contra la dantesca inseguridad que nos devora a diario, carecerá entonces de legitimidad alguna para luego cuestionar el accionar popular y legitimará con su inoperancia cualquier conducta asumida por la comunidad en resguardo de sus legítimos intereses.

Jorge Enrique Yunes

Juan Pablo II y la familia

En su homilía del 10 de octubre de 1984, en Zaragoza, España, Juan Pablo II decía: “No caigáis en el error de pensar que se puede cambiar la sociedad cambiando solo las estructuras externas o buscando en primer lugar la satisfacción de las necesidades materiales. Hay que empezar por cambiarse a sí mismo, convirtiendo de verdad nuestros corazones al Dios vivo, renovándose moralmente, destruyendo las raíces del pecado y del egoísmo en nuestros corazones. Personas transformadas colaboran eficazmente a transformar la sociedad”. Si trasladamos este pensamiento a la realidad mundial actual, veremos que en las palabras del hoy santo, están implícitas, entre otros males, las causas de la desaparición de la familia, la primera y más importante sociedad natural. Estas son: la satisfacción de las necesidades materiales no básicas, sino superfluas; la ceguera para mirarnos interiormente y reconocer nuestras falencias, especialmente nuestro pecado y nuestro egoísmo; y, finalmente, el desprecio a las bondades de Dios para con nosotros. Cambiarse a sí mismo, conocerse, renovarse y reconocerse no es fácil, pero como lo afirmaba Juan Pablo II, allí está la clave para construir una sociedad mejor y más eficaz, y para recuperar la familia.

Daniel E. Chavez

DNI 12.161.930

Recordar es reconocer y valorar

Hoy quiero reconocer y valorar a la doctora María Cristina Vásquez, que nos guió con su luz, sus palabras y su amor a la vida. Nació en Concordia, su padre era citricultor, su madre maestra como ella; pero dada su inteligencia deslumbrante y una inagotable curiosidad para investigar, estudió medicina, eligiendo la especialidad de nefrología. En 1986 fue jefa del servicio de nefrología del hospital Argerich, en 2003 reinició el programa de trasplante renal del Sanatorio Parque de Rosario, y en 2012, junto al doctor Sgrosso y su equipo, realizaron el trasplante renopancreático. Este grupo de profesionales mereció el Diploma de Honor del Concejo Deliberante rosarino en 2015. Ejerció el arte de curar durante más de cuatro décadas, no sólo en su consultorio sino como docente. Amaba la vida y se aferraba con una fortaleza única, no se entregaba y siempre tuvo el sostén del compañero afectuoso en vocación y para transitar el camino. Extrañaré su firmeza, su humor ocurrente, su pasión por el deber y el velar por el bienestar del enfermo; tarea que heredamos y cumplimos con esmero para honrar su memoria. Siento la orfandad ante su ausencia pero me consuela pensar que descansa y que ha retornado a los brazos de su madre. Recordar es volver a pasar por el corazón. Cómo olvidar a la doctora Vásquez si tuve el privilegio de aprender y trabajar a su lado. Luchadora, sincera, amaba a Dios y al semejante; un alma digna, una mente brillante, un corazón inmenso y una voluntad inquebrantable. Cruzaste a la otra orilla, no te querías ir, y al lento vuelo llegaste al cielo donde hay una estrella más. Tu alma, tu noble alma logró la paz. Añoro tus consejos, un abrazo, unas palabras, pero nos dejaste tu legado: servir es alegría.

Adriana Perdomo

La quema en las islas entrerrianas

Las declaraciones de Rosario Romero, ministra de Gobierno de la Provincia de Entre Ríos, no sólo constituye una falta de tacto político y un potencial perjuicio económico en caso de que muchos rosarinos, hastiados del maltrato, dejen de considerar a la vecina provincia como destino turístico, sino que también, a la luz de declaraciones de brigadistas que se encuentran en las islas combatiendo los incendios, son inexactas. Dos observaciones realizó uno de ellos en declaraciones públicas a los medios: que los incendios no eran de origen natural y que los mismos se originaban en la zona central de las islas. Se acceda por tierra a través del puente, o por agua por medio de embarcaciones, cabe preguntarse por qué alguien tendría interés en internarse varios kilómetros tierra adentro (con las dificultades que conlleva) para acceder a un sector poco atractivo a costa de desperdiciar un tiempo que podría aprovechar en la costa, disfrutando del río. La quema de pastizales es una práctica milenaria que se emplea aún en nuestros días en todo el mundo. Desde el punto de vista del productor tiene grandes ventajas. La eliminación de pasturas duras o inconvenientes para el ganado es la más importante. Es evidente que desde que comenzó la explotación agropecuaria de los humedales los incendios se han multiplicado, con graves consecuencias para la salud, el medio ambiente, y el ecosistema. Me parece improbable que esta situación se resuelva, aún prohibiendo las quemas, puesto que al parecer hay grandes intereses tanto políticos como económicos. Ojalá me equivoque.

Juan Pablo Zucco

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