Domingo 10 de Agosto de 2008
Hace poco tuve la dicha de ver la puesta en escena, en la sala Martín Coronado del teatro San Martín perteneciente al Complejo Teatral de Buenos Aires, de la obra de Molière "Las mujeres sabias". Enfermo y desencantado, rebelde e inconformista, Molière se ensaña contra lo que consideraba el peor de los males de su época: la hipocresía. La obra gira en torno a una familia de la nobleza francesa, en pleno reinado de Luis XIV, que hace del falso intelectualismo y la soberbia un verdadero culto. Todos sus integrantes, salvo la hija menor, circulan con aureolas falsas, haciendo gala de un desprecio por quienes no pertenecen a la nobleza lesivo de la dignidad humana. Molière tuvo el coraje de volcar por escrito lo que pensaba de la nobleza francesa. Obviamente, no fue perdonado. Debió soportar la injusticia, el aislamiento y la pobreza. El orden establecido no lo toleró, no lo perdonó, no le tuvo piedad. ¿Pero sorprende acaso lo que le pasó a Molière? De ninguna manera. Ya antes de Cristo el sabio Sócrates fue condenado a muerte acusado de envenenar la mente de los jóvenes. De nada le valió la magnífica defensa que hizo de su persona y que quedó inmortalizada en "La apología de Sócrates". El orden establecido no tuvo clemencia. Molière y Sócrates no aceptaron formar parte del rebaño, se rebelaron contra la domesticación social, pusieron en evidencia la hipocresía de un sistema de dominación perverso e infame. Molière y Sócrates fueron dos auténticos pensadores que enarbolaron con dignidad suprema el estandarte del espíritu crítico. Símbolos del coraje cívico y de la conducta consecuente, dignificaron la condición humana. Dos genuinos subversivos, en suma.
Hernán Andrés Kruse
hkruse@hotmail.com