Martes 14 de Octubre de 2008
Quise escribirles a los lectores, especialmente a las madres, que, como yo, han perdido un hijo. Y creo que este pesar y pasar por la concreción del miedo a la pérdida más grande del ser humano nos da completitud absoluta como tal porque transitamos todos y cada uno de los sentimientos que como madres experimentamos: parirlo (o elegirlo), criarlo, cuidarlo, amarlo más que a uno mismo y perderlo, éste último tan inexplicable y contrario al reloj de la vida. Y en esta fecha, en el Día de la Madre, nos invade, más que en cualquier otra, ese dolor indescriptible de la ausencia, del saber que esa parte nuestra ya no está. No sé si el tiempo, como algunos piensan, logra calmar todos estos sentimientos, que estoy convencida y a pesar de los afectos que nos rodean y nos dan fuerzas sólo el que los padece puede entender. Me encantaría creer que hay otro plano, que nuestros hijos están en algún lugar. ¡Cómo desearía que haya un reencuentro! Pero en lo que jamás dudo es en la eternidad del amor que ellos dejaron. En homenaje a ellos y a nosotras, si sientes lo mismo que yo, sólo te pido que cierres los ojos y te imagines que en este día, un poco más especial, su voz te dice: "No llores si me amas… si pudieras oír el cántico de los ángeles y verme en medio de ellos. Si por un instante pudieras contemplar como yo la belleza ante la cual las bellezas empalidecen. Créeme cuando llegue el día ya fijado y tu alma venga a este cielo en el que te ha precedido la mía… Ese día volverás a verme. Sentirás que te sigo amando, que te amé y encontrarás mi corazón con todas las ternuras purificadas. Ya no esperando la muerte, sino avanzando contigo que te llevaré de la mano por los senderos nuevos de luz y de vida. ¡Enjuga tu llanto! Y… ¡no llores si me amas!". ¡Un abrazo inmenso a todas y cada una de las madres!
Ana Sfrégola de Giacomotti