La muerte no mejora ni empeora (II)
En este intercambio con la conducción del Colegio de Abogados, motivado por la cobertura en este diario de la muerte en un accidente de tránsito del abogado rosarino Andrés Alonso, parece haber, como en los diálogos de los matrimonios desavenidos...

Sábado 12 de Enero de 2008

En este intercambio con la conducción del Colegio de Abogados, motivado por la cobertura en este diario de la muerte en un accidente de tránsito del abogado rosarino Andrés Alonso, parece haber, como en los diálogos de los matrimonios desavenidos, una especial perseverancia en reproducir las posiciones propias sin trascenderlas. El abogado Arturo Araujo, en una carta de lectores publicada ayer, reitera algunas quejas por cuestiones que en aquel artículo del 19 de diciembre no referían a valoraciones sino a hechos. Pongamos un ejemplo. Decir que el abogado Pedro Bianchi defendió a criminales de lesa humanidad como Jorge Videla, Erick Priebke y Julio Simón no entraña juicio de valor. Decir que por ello Bianchi es un héroe o un canalla sí lo implicaría. Lo que será inevitable es que si Bianchi defiende a genocidas la comunidad se forme una idea de él por los clientes a los que representó. Sin que esto implique ni remotamente pensar en objetarle el derecho a Bianchi a tutelar a quien desee. Ahora establezcamos comparaciones que no serán entre personas, sino entre tópicos. Sostener que Andrés Alonso defendió a notorios del hampa local, que proclamaba que nunca tendría a policías como clientes o que había sido abogado de miembros de las bandas de Monos y Garompas son enunciados referenciales. Tienen constatación empírica. Decir que Alonso fue indigno por ello sería distinto. Implicaría una valoración. Lo singular es que, lo reafirmo, la crónica en cuestión jamás utilizó ni ese ni otro adjetivo para descalificar a Alonso. Es improbable que en la Sección Policiales se encuentren, en el discurso de un redactor, alusiones como “la peor lacra imaginable”, mentada por Araujo. Con esa cita, queda claro, Araujo no discute con aquella nota, que no apela a elementos valorativos de este talante. Su malestar parece residir, como él mismo explica, con el modo en que los lectores puedan leer tal cosa. Pero ocurre que el diario no desmerece a Alonso: enuncia cosas que dijo e hizo. Entonces, ¿con quién se molesta Araujo, con el contenido del artículo o con “la comunidad que no distingue”? De esto hay que hacerse cargo. El derecho a la defensa del acusado aún del delito más atroz es un principio absolutamente reivindicable y que, vale repetirlo, jamás estuvo en cuestión en aquella nota. Cualquier abogado, tomando el término escogido por Araujo, puede representar al cliente que le plazca. Lo que no podrá evitar es que la comunidad se forme distintas ideas sobre ello. Pero esta batalla se libra en un campo mucho más vasto que una página de La Capital. Ni este diario ni ninguno tienen soberanía sobre los modos en que el lector recibe los contenidos que ponen a circular y con lo que hace con ellos. Los periodistas, como los abogados, sabemos que para trabajar existen reglas de procedimiento y principios éticos que respetar. No se trata, por tanto, de hacer lo que se nos antoja. Ni de perder de vista que esta saludable discusión se basa en la lamentable desaparición de un ser humano. La muerte, reflexiona Araujo, no mejora ni empeora la memoria del ausente. En eso estamos de acuerdo. Ya lo dijimos: la memoria tiene que ver con lo que hicimos en la vida.
Hernán Lascano (jefe de la Sección Policiales)