Cartas de lectores

La muerte de Bordabehere

Destaco un segmento de la carta que Angela Scoseria de Bordabehere le dirigió al doctor Lisandro de la Torre después de la muerte de su hijo Enzo Bordabehere, fechada el 30 de agosto de 1935: "Mis sentimientos de madre, que claman por que la justicia se haga frente al oprobio de una muerte injusta, se sienten confortados con el calor de la amistad y del aprecio, que acompañó a mi hijo hasta su tumba.

Martes 24 de Julio de 2018

Destaco un segmento de la carta que Angela Scoseria de Bordabehere le dirigió al doctor Lisandro de la Torre después de la muerte de su hijo Enzo Bordabehere, fechada el 30 de agosto de 1935: "Mis sentimientos de madre, que claman por que la justicia se haga frente al oprobio de una muerte injusta, se sienten confortados con el calor de la amistad y del aprecio, que acompañó a mi hijo hasta su tumba. Mi mejor homenaje a los amigos de mi hijo y a la causa que él defendiera con su vida, consiste en contribuir con mi palabra y con mi ejemplo, a fortalecer y templar el espíritu de quienes quedan para defenderla. Sé cuánto usted ha sentido y siente por el amigo dilecto que cayó luchando a su lado". El 23 de julio de 1935 murió el senador electo por Santa Fe, el doctor Enzo Bordabehere, representante del Partido Demócrata Progresista ante el Congreso de la Nación. Su historia debe quedar viva en la memoria colectiva de los rosarinos y de los argentinos. Nació en Uruguay, pero a los trece años se radicó en Rosario, terminó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional, para cursar luego las carreras de abogado y escribano. La política lo llevó a militar en La Liga del Sur y en 1914, intervino en la fundación del PDP. Fue diputado provincial en dos oportunidades y senador nacional, cargo que no llegó a asumir porque su vida fue arrebatada durante una violenta sesión en el recinto del Senado de la Nación, mientras de la Torre denunciaba las consecuencias del pacto Roca-Runciman y sus "irregularidades" por la exportación de carnes a Inglaterra. Los ministros de Hacienda F. Pinedo, y de Agricultura, L. Duhau, debían responder a los cargos, cuando se produjo el dramático episodio. Bordabehere interviene en defensa de su amigo, y fue alcanzado por los disparos de Valdés Cora, guardaespaldas de Duhau, dirigidos a Lisandro de la Torre a quien protegió con su cuerpo, ofrendando su vida por sus ideales políticos y por su amistad. Una multitud acompañó sus restos hasta el Cementerio El Salvador donde descansa. Amistad, con mayúscula, para ser celebrada y recordada por siempre.

Liliana B. Olivieri



El balance es positivo

Esperando la definición del Senado de la Nación y luego de la media sanción otorgada por la Cámara de Diputados con respecto a la ley de despenalización del aborto, mi humilde balance resulta positivo. La sociedad ha demostrado su capacidad para pensar y opinar en consecuencia. Es evidente que sólo había que darle la oportunidad de hacerlo. En todos los rincones de la República se sacó la enorme basura que subyacía por siglos bajo la alfombra y se habló del tema. Los más capacitados elevaron sus voces, el pueblo los escuchó. Y se manifestó con énfasis, en paz. Todos hablaron de aborto como jamás se hubiera imaginado en el más audaz de los escenarios. Algo así como si se hubieran roto las cadenas del silencio que rondaban esta realidad "oculta", que todos conocíamos. De eso no se vuelve atrás. Todo lo que se dijo, todo lo que la opinión de tantas personalidades logró movilizar en el pensamiento de la gente común, ha quedado sembrado indefectiblemente. Ahora se acerca el tiempo de cosecha. Como corresponde en democracia ella está en manos del Congreso de la Nación. Más el ser humano evoluciona y pese a algunos retrocesos, avanza.
Edith Michelotti


Una situación muy delicada

El martes 17 de julio, La Capital publicó una excelente Carta de Lectores, escrita por Miguel Amado Tomé, quien especifica cuales serían los pasos a seguir para que nuestro país, de una nueva vez y para siempre, comience a transitar por el sendero del progreso social positivo y auspicioso, y no como ahora donde cada lustro caemos en una crisis fenomenal, que nos instala nuevamente, "como he dicho en otras ocasiones", en el carril semejante a un tren en vía muerta. La carta se titula "Crisis y democracia", y lo mejor sería que dicho texto llegara al Congreso de la Nación, para hacerla pública por alguno de nuestros representantes, con algún grado de lucidez y honradez en modo especial, ya que le pagamos fortunas y ellos en cambio sólo nos han dejado una convivencia cada vez más desastrosa y violenta a través de leyes arcaicas y a veces hasta humorísticas. Pero la cuestión a la que quiero llegar, ya que falta muy poco para unas nuevas elecciones, es que si aquí se vuelve a dar la compulsa de elegir entre lo que pasó entre el 2003 y el 2015, y entre esta última fecha y los días siguientes, ni me quiero imaginar lo que puede ocurrir en esta Argentina, si triunfa el período de los doce años plagado de engaños, ficticia gratuidad, corrupción y violencia inusitada, más la venganza que sobrevendrá sin duda alguna. Seguramente, la democracia que tanto nos ha costado conseguir caducará, y lo que está ocurriendo en pueblos como Venezuela o Nicaragua será la escenografía en nuestras calles. Por eso el título "Una situación muy delicada".
Felipe Demauro


La importancia de la educación

El educador y pedagogo brasileño Paulo Freyre, que dedicó su vida a los más desposeídos, decía que la educación no cambia al mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo. Una realidad incuestionable, un concepto irrefutable. Los países que le dan importancia a la educación ocupan lugares preponderantes en el planeta, qué duda cabe. Sólo basta con leer un estudio del Foro Económico Mundial, el cual indica que las naciones que mejor atienden sus respectivos sistemas educativos son Finlandia, Noruega, Suiza, Canadá y Japón. Sus gobernantes saben que una adecuada formación a los alumnos en las escuelas implica un futuro promisorio para todos. La educación constituye un proceso de socialización de los sujetos, produce cambios intelectuales y emocionales, genera seres pensantes y reflexivos ante la sucesión de acontecimientos a través del tiempo. El acceso a la educación sirve también para disminuir y erradicar la violencia social. Es increíble que en nuestro país no podamos tomar conciencia de la importancia de escolarizar a niños y adolescentes con el propósito de construir un país diferente a mediano o largo plazo. ¿Acaso la educación no influye en el progreso de las personas y sociedades, además de proveer conocimientos? No puede ser que, por ejemplo, muchos chicos que ingresan hoy al nivel inicial no egresan de la secundaria. Algo estamos haciendo mal. En la Argentina, aún estamos lejos de entender que la buena educación mejora nuestra calidad de vida. Los episodios cotidianos, plagados de agresividad y falta de respeto al prójimo, hablan por sí solos. Pero, además, siempre está latente la idea que a los gobernantes les interesa un pueblo que ignore, que no cuestione y piense poco. Mientras más sumisos e irrelevantes sean los ciudadanos, mejor. Hace falta un cambio de mentalidad que provenga de los dirigentes, de la docencia, de las instituciones educativas y de quienes las conducen, porque "la educación cambia a las personas", como decía Paulo Freyre. Caso contrario, este país nunca tendrá futuro.
Marcelo Malvestitti


La enfermedad populista

El conflicto medular argentino reside en que desde hace muchas décadas la sociedad se halla enferma de populismo. ¿Cómo se manifiesta dicha enfermedad? En la existencia de demandas contradictorias: la gente reclama a sus gobernantes que reduzcan la inflación y que estabilicen la economía, pero no está tan dispuesta a los ajustes, y sabemos que para componer la economía resulta necesario, entre otras cosas, reducir el déficit fiscal. En abstracto eso no suena tan mal, ¿no? Ahora bien, el 80 % del gasto público se compone de salarios, y la ya excesiva carga impositiva del país no alcanza a cubrir dicho gasto. De ahí el consabido déficit fiscal, cuya imperiosa disminución implicaría efectuar una considerable poda en el plantel de empleados públicos –o, en su defecto, reducirles a casi todos el salario real–. Sin embargo, casi ningún político se anima a mencionar en público estas medidas, extremadamente impopulares. Carlos Menen fue uno de los pocos que lo reconoció, cuando admitió: "Si decía lo que iba a hacer, no me votaba nadie". Los políticos mienten para no perjudicar su imagen y para no perder votos. De ese modo, la gran hipocresía populista se ha instalado en nuestro país, y esto dificulta enormemente que la situación económica algún día vaya a verse saneada. Y ninguno, una vez en el poder, se anima a enfrentar al toro por las astas: perpetúan el problema, y –por ende– se torna cada vez más difícil erradicarlo. Este círculo vicioso crónico, más insostenible a cada paso, no nos deja retomar la senda del desarrollo. Así, la enfermedad populista ha tomado no sólo a gran parte de la población, sino también al arco político y sindical. Además, es la causa de nuestra constante decadencia, de nuestras crisis cíclicas y de que casi ningún gobierno salga airoso de su mandato. Constituye el drama argentino de bordear siempre el abismo: algún día nos podemos caer. Y ese día, ¿quién nos asegura que, como las veces anteriores, logremos salir? También existe la posibilidad de que profundicemos la caída y nos adentremos en la disolución, como ocurre actualmente en Venezuela.
Jorge Ballario
DNI 10.858.926
Marcos Juárez (Córdoba)

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