Martes 05 de Agosto de 2008
Soy charrúa, más bien me hice charrúa y la otra noche me sentí charrúa. Ver al Gabino desbordante un día lunes, primera fecha de un torneo y en un partido televisado me hizo convencer del gigante dormido que somos y que algunos prefieren aletargado no vaya a ser que se despierte y tengamos que compartir ese oscuro objeto del deseo. Por eso todavía debemos aprender a confiar en nuestras fuerzas y también a soñar, ¿por qué no? Aprender a soñar porque la ilusión es el motor (quizás el único) de todos los hinchas de fútbol. ¿O acaso los charrúas no podemos jugar una final en Japón? ¿Quién me va a privar de ese derecho? ¿Los racionalistas de siempre, los del dólar a 10 pesos? Soy de los que todavía creen que el fútbol es un espacio común para la esperanza, para el sueño y para el sano delirio. Ya soy mayor de edad como para que me enseñen a pensar los incrédulos. El lunes grité, me emocioné y me fui esperanzado como tantos otros. Ninguna de las 5.000 almas dio la vuelta olímpica antes del partido, ni festejamos a cuenta. Pero nos fuimos soñando. Déjenme sentir como grande. No me traten como un chico.
Hugo Salinas