Miércoles 09 de Julio de 2008
España se lleva a sus hospitales a un selecto grupo de 52 médicos rosarinos. Soy un rosarino viviendo en el exterior, y que al igual que estos médicos, una vez decidí buscar otro horizonte. Al leer esta noticia no puedo dejar de pensar ¿por qué los argentinos, si queremos progresar, tenemos que emigrar? ¿Por qué no es posible que doctores, ingenieros o científicos, que aprendieron todo lo que saben en nuestro país, puedan desarrollar su talento en Argentina para el bien de todos los argentinos? En 1990 el filósofo Santiago Kovadloff, escribió un artículo explicando claramente por qué, pero por supuesto era muy joven para entenderlo. Kovadloff decía en ese tiempo: "Es erróneo creer que la decadencia implica una vuelta al pasado. La decadencia implica una condena al presente". Y atado este concepto, Kovadloff definía al hombre decadente, diciendo: "Los hombres decadentes son inconfundibles: no aspiran a transformarse sino a perdurar. Desean instalarse para siempre. Hacer pie en el presente. Donde ellos triunfan, el futuro pierde toda relevancia". Ahora, la definición del filósofo me resulta más clara y comprensible: Argentina vive en un presente continuo. El futuro es sólo eso, futuro. Nadie piensa en él. Estamos obligados a inventar la vida a diario. Y remataba Kovadloff en su artículo: "No puede haber progreso donde no hay constancia o, para decirlo amargamente, donde lo único constante es el primer paso". Hemos sido gobernados por personas decadentes durante décadas y nada parece que fuera a cambiar. Para nuestros gobernantes, el futuro no existe, sólo, como dice Kovadloff, desean instalarse para siempre, hacer pie en el presente. Quienes pagamos por ese egoísmo inmoral, somos todos los habitantes de este país. No sólo nos quedamos sin los mejores, sino que regalamos todo el costo de su formación académica a otras naciones, que luego nos venden la tecnología que desarrollaron con nuestros científicos, como un logro propio. Ha habido muchas guerras en el mundo y muchas otras vendrán. Pero hay una, silenciosa y desvastadora que viene ocurriendo desde mucho tiempo atrás, es la guerra por el conocimiento. Y para esta guerra, no es fácil reclutar soldados bien preparados. En esta guerra, no hay sangre ni muertos. Hay sueños destrozados, deseos incumplidos, planes deshechos, familias separadas, emociones encontradas y esperanza. Esperanza de poder concretar lo que uno quiere ser en su país, con su gente.
Juan Ruffino, juan.ruffino@inboxsa.com