La culpa es de los rosarinos
Los rosarinos siempre hemos sido artífices de nuestro destino. Nos llamábamos gran aldea, granero del mundo, Chicago argentina. Muchísimos laburantes, poco espectáculo nocturno y nada de turismo. Tranvía y bicicleta para desplazarse.

Jueves 14 de Agosto de 2008

Los rosarinos siempre hemos sido artífices de nuestro destino. Nos llamábamos gran aldea, granero del mundo, Chicago argentina. Muchísimos laburantes, poco espectáculo nocturno y nada de turismo. Tranvía y bicicleta para desplazarse. Los patoteros se agredían entre ellos y los inocentes no sufríamos. El devenir del tiempo cambió la escena pero nosotros seguimos siendo parte de ella. Los desafíos a que nos veremos sometidos son mucho más sutiles y difíciles que los anteriores. Nuestro ritmo de crecimiento ha hecho que, real o ficticiamente, la cosmopolita y subsidiada ciudad autónoma de Buenos Aires nos empiece a considerar como potenciales competidores de los usufructos que goza por su ventajosa situación. Por lo tanto, avanzaremos donde no afectemos sus intereses. Creo que no veremos arribos ni partidas de vuelos transoceánicos desde nuestro aeropuerto internacional o amarre de grandes cruceros en la Fluvial. Estaremos añorando la gran estación de ómnibus funcional y bien equipada. Transcurrirá mucho tiempo hasta la instalación del Museo de Arte Oriental. La capacidad hotelera local no se verá colmada nunca por la afluencia de la masa turística dolarizada y rentable. La gran inversión no parece dispuesta a quedarse en la zona excepto casos muy específicos. Nosotros no tenemos la culpa. La circunstancia económica así lo ha querido. Hay factores coadyuvantes para que se intente relegarnos o tratarnos con indiferencia: al no ser cabeza de provincia ni sede de cámara legislativa carecemos de representatividad para solicitar algo de lo mucho que se nos debe. Porque mientras el rédito del esfuerzo rosarino se dispara a 300 kilómetros de distancia, nosotros nos quedamos con la añeja postal de nuestra dirigencia yendo y viniendo por enésima vez de los estrados oficiales con las manos vacías: ahora fue el turno de la autopista que nos unirá a los cordobeses y sabemos que está avanzando a 80 metros diarios de recorrido. La semana pasada fue la avenida de Circunvalación: destrozada, oscura como boca de lobo, sin capacidad para soportar mayor tonelaje, a merced del pillaje y raterío, peligrosísima para transitarla. Anteriormente le tocó al Plan Circunvalar que necesitamos imperiosamente y que avanza a fuerza de empujoncitos. En el ínterin nuestras fuerzas vivas y dirigencia política no hacen gran cosa para destacarse de nosotros pues lo único que podemos hacer es esto: quejarnos públicamente. No les reconocemos fuerza, creatividad, afán de riesgo, compromiso en nombre de todos. Ojalá esta parrafada haya sido útil para que todo el país reconozca la fibra de la que estamos hechos rosarinos y rosarinas, sin distinción de clases y con el único objetivo del bienestar común.

Rubén Baremberg, DNI 6.012.531