La avaricia de la "Annona"
"Annona": impuestos y latifundio, hoy retenciones al agro, era el nombre de la diosa romana, altiva y arrogante por excelencia, quien presidía anualmente el abastecimiento de granos al imperio. Mil cuatrocientos sesenta años antes de la era cristinana, Hatshepsut, por ser mujer, conforme los designios del dios Amon, no podía ser faraona.

Domingo 18 de Mayo de 2008

"Annona": impuestos y latifundio, hoy retenciones al agro, era el nombre de la diosa romana, altiva y arrogante por excelencia, quien presidía anualmente el abastecimiento de granos al imperio. Las retenciones a los productores agropecuarios es algo que se remonta a la época de los faraones del antiguo Egipto. Mil cuatrocientos sesenta años antes de la era cristinana, Hatshepsut, por ser mujer, conforme los designios del dios Amon, no podía ser faraona. Disfrazada de hombre, ejerció el poder. Esta reina, para la construcción del Karnak y alimentación de sus obreros esclavos, retenía de sus agricultores un buen porcentaje de la cosecha de trigo. Un milenio más tarde, en el año 445 a.c., Jenofonte, político, historiador y militar griego, en su retirada del Helesponto, para satisfacer el hambre de su ejército de 10.000 hombres, apeló a la retención de toda clase de productos agrícolas. Así llegamos al año 180 a.c., donde el emperador romano, Septimio Severio y posteriormente el César, para sus conquistas territoriales y mantenimiento de sus ejércitos, estableció la "Annona". Sistema regulado por impuestos especiales que aplicaba en parte en efectivo y también a la producción agrícola. Retenciones que también alcanzaban a los productores de carne y en un último instantancia a las bodegas y fabricantes de aceite de oliva, en especial andaluzas. Nuestra Constitución también establece retenciones al agro pero, he aquí, que a la avaricia de la "Annona" se le fue la mano. Si bien es cierto que la agricultura, al igual que cualquier industria productiva de alimentos es en esencia un proceso de índole social, no por eso es legal meter la mano en el bolsillo del productor. Para eso están las normas que rigen la Constitución.

Roberto Linares,

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