Jueves 06 de Marzo de 2008
Al cumplirse 40 años de la muerte de Juan Gálvez, sentí la necesidad de escribir, ya que desde purrete me gustan los autos y las carreras. Las seguía por radio, con las descargas y ruidos que producían esos aparatos. A veces se perdía la onda radial, pero ahí estaba pegado escuchando los relatos de Rouco, Isidro González Longhi, con los famosos "aquí el avión", o el conteo del paso por el punto de control: "4, 3, 2, 1, top, top, top". Dentro de los relatores, cómo olvidar a Luis Elías Sojit con su "Coooooche a la viiista". Epoca de gloria del TC, de aguante, de aventuras, horas de manejo, por caminos propios del París-Dakar de hoy. Los muchachos la peleaban: caminos de tierra, polvadera, badenes, barro, vías, etcétera. Viéndolos desde el presente, tomaban grandes riesgos para sí, como para el público que se instalaba al costado del camino junto a los alambrados. En todo ese ambiente Juancito construyó su historia. Era todo un técnico, hecho por amar a los fierros, no a los estudios. Era medido, de bajo perfil, siempre alineado y respetuoso. Era el artífice de ese Ford azul o combinado con rojo. El lo hacía, él lo corría, él lo sentía. ¡Qué sentimientos sobre esa máquina debe haber tenido esa persona! Fueron muchos los logros que alcanzó Juancito: carreras y campeonatos. Es que los autos eran una obra maestra de la mecánica de aquellos tiempos. Y él lo hacía a pulmón, con lo disponible en aquella época, donde no existía la adquisición de datos, la comunicación por radio en el auto, el chasista, los sensores, etcétera. Estos adelantos engrandecen el trabajo de aquella gente, y Juan se destacaba como el mejor. Hubo mucho olvido de este deportista, aunque parece que va llegando el tiempo del reconocimiento. Bienvenido, ya que es un ejemplo de amor al automovilismo y demostró que con trabajo se pueden alcanzar resultados.
Rubén Bongiorno, DNI 8.599.648