Viernes 17 de Octubre de 2008
Leyendo el artículo publicado el domingo pasado en el Suplemento Mujer sobre vitrificación de óvulos, me quedó un sabor de tristeza. Allí se explica el tratamiento al que recurren algunas mujeres para postergar la maternidad. Creo que sólo se habla del egoísmo y logros personales y no de la vocación que significa ser madre. Por supuesto, Dios nos dio la libertad de elegir, pero ¿qué estamos eligiendo, un mejor trabajo, una mejor situación económica, un viaje, más artículos de consumo? Me sentí herida. ¡Hay tanto bueno para hablar de las madres! No todas piensan en que la maternidad debe ser algo que se ajuste a sus comodidades. La maternidad es una elección en la que forman parte tres personas: Dios, el hombre y la mujer, y lo que se crea es una persona única e irrepetible con todas sus capacidades y talentos; cuánta riqueza trae a nuestra vida un hijo, cuánto dolor y cuánto sacrificio. No creo que haya status, profesión, bienes de consumo o egoísmos que sean más importantes que tener un hijo. A veces me sale un grito desde mi interior pidiendo a las mujeres que valoren la capacidad que Dios les ha dado: llevar en su vientre a una persona que es tan valiosa que le costó la muerte de nuestro señor Jesucristo. Entonces, ¿una no es capaz de sufrir un poco para tener esos hijos? Si no tengo esa capacidad es que elegí mal, porque el amor de un hijo es lo más puro e incondicional que hay en esta vida. Nada puede alegrarte más que su sonrisa. Hay otras mujeres que pensamos y elegimos la maternidad como vocación, y cada día estoy más segura de que a pesar de los momentos difíciles, mis hijos son mi corona de piedras preciosas: cada una tiene un valor incalculable y cada una es tan hermosa como la otra.
Patricia Usinger