Miércoles 13 de Agosto de 2008
Así como la diálisis extendió la vida reemplazando al riñón en su función desintoxicadora, es hora de inventar la diálisis cerebral y purificar al niño de la inundación de estímulos violentos y pornográficos que lavan su cerebro. La "noticia" de la niña de Viedma, que con 10 años mostraba orgullosa en su escuela la grabación de su relación genital (no sexual) mantenida con un compañero de 16 años y el enojo de éste porque el docente le quitó el celular, provocó tantos comentarios e interpretaciones falsas que ilustra el desentendimiento, entre esta generación y los que la gestamos. Los adultos creemos que la infancia actual es parecida a la que vivimos en otros siglos y nos atrevemos a interpretar, teorizar, discutir y hasta divagar en términos "científicos" o "raros" (como dicen los niños), pero ninguno se hace cargo de los conocimientos distorsionados y pervertidos que fuimos incrustando. Tampoco encontramos salidas inteligentes y recurrimos a juzgarlos, diagnosticarlos y sancionarlos por los mismos comportamientos espejados de nuestro contexto. Es hora de preguntarnos: ¿qué espacio dejamos vacío de presencia y relatos paternos, educativos, para que el mercado de consumo y los negocios sucios conquisten y encojan tan fácilmente el cerebro de nuestros hijos? Tal vez recuperarían la capacidad de simbolizar, jugar, sublimar, representar, si en lugar de encerrarlos en departamentos, en el cíber o en establecimientos que decimos educativos, manteniéndolos quietos, sentados y hacinados, volviéramos a mostrarles cómo vuelan los pájaros y cómo cantan, si nadie los enjaula.
Mirta Guelman de Javkin