Cartas de lectores

Había una vez un país

Sábado 21 de Septiembre de 2019

¿Por qué los cuentos infantiles empiezan siempre con "Había una vez"? ¿De qué vez estamos hablando? ¿Cuándo? ¿Dónde? Miles, millones de veces, hubo, hay y habrá niñas perdidas en tenebrosos bosques, siempre siendo acechadas por lobos feroces. Algunas, muchas, para mi gusto, son alcanzadas por el victimario tan temido, mordidas, masticadas, desechadas. Siempre habrá niños perdidos o abandonados por sus padres, en junglas impenetrables, y creerán encontrar un hogar apacible y seguro, pero, en realidad, será una condena insufrible. Eternamente, habrá quienes se duerman y pierdan oportunidades, y quienes tengan que fregar día y noche mientras otros no hacen nada y disfrutan de la vida. ¿Qué es eso de había una vez, si todas las veces se repite lo mismo? Yo sí tengo un cuento: "Había una vez un país que vivía en una infancia permanente. Sí, todos en el fondo de su ser se creían niños. Bellos, saludables, buenos, merecedores de lo mejor y más. Tenían de todo, un territorio extenso, rico en frutos, animales y minerales. Un clima benévolo. Sólo hacía falta extender la mano para obtener algo para comer, pero, a veces, no les daba la gana hacerlo. Maravilloso país para disfrutar. Pero los niños necesitan orden, un orden cariñoso, esto quiere decir alguien que haga las veces de un padre que educa con amor, les da todo lo que necesitan y los acompaña en su crecimiento hasta que puedan hacerse cargo de sus vidas. Este país del cuento tuvo muchos padres, biológicos y adoptivos. Algunos fueron muy condescendientes, otros demasiado estrictos. Nunca encontró el equilibrio, y los niños no terminaron de crecer, siempre esperando un padre a la medida. Así lleva 209 años, con niños indisciplinados, algunos caprichosos, otros prolijitos, pero todos echándose las culpas unos a otros de no poder crecer como quisieran. "Y colorín colorado este cuento se ha acabado."

Una mirada distinta de la primavera

Llegó la primavera y con ella regresan los días templados. La naturaleza, por enésima vez, nos alcanza su mensaje de hermosura y vigor, y con ella, la primavera de la vida renace en nuestro corazón. Volveremos a disfrutar la belleza de las flores, el canto de las aves, las caricias del sol, y viviendo a pleno el olvidado encanto del amor, diremos suspirando: ¡Ah! ¿Quién pudiera disfrutar eternamente de la alegre juventud? ¿Quién pudiera tener, como la flor al partir, la certeza del retorno pronto y feliz? El que renuncia graciosamente al paso de los años. El que ama a su prójimo y practica el bien. El que se adelanta a la aurora con una oración en sus labios y encontrando allí su fuerza, cierra con ella sus ojos al anochecer. El que entre tantas vicisitudes conserva viva en su alma la luz de la fe y creyendo mantiene intacta su esperanza en pie. El que mira a Dios cuando quiere verse y trata con sus acciones de encontrar un parecido con él. Ese será el ser finito que al tiempo vencerá, y a quien, trasponiendo las fronteras del más allá, verdes prados e infinito amor acogerán.

Civilización y barbarie

La palabra "prejuicio" contiene en sí misma su mejor definición: "Se trata de una idea formada antes de un juicio". De modo similar actuamos respecto a los denominados estereotipos. Esta idea de aparente sentido común, tiene importantes implicaciones sobre cómo pensamos y percibimos la realidad. Concretamente, indica que la mente humana no está hecha para darnos acceso a la verdad, sino para tener una versión minimalista y simplificada de ella, lo suficientemente fiel a la realidad como para permitirnos sobrevivir. Específicamente, los estereotipos son creencias que afectan a nuestra percepción de un grupo o colectivo concreto. El estereotipo que más nos acosa socialmente, desde el polémico "Civilización y Barbarie" de Sarmiento, y quienes aún adhieren, atiende a un criterio socioeconómico, como que la diferencia entre las personas ricas y las pobres, resulta ser una distinción de clase humana. Otros se basan en la distinción de género, otros se aplican a grupos étnicos o raciales. Pero todas ellas se originan en nuestras ideas preconcebidas, vistas desde un sentido extremadamente ignorante y egoísta de la convivencia. Aquí radica la consecuencia más negativa de la existencia de estereotipos: la posibilidad de construir, a través de ellos, prejuicios negativos que nos lleven a odiar a colectivos de personas no ya por lo que hagan como individuos, sino por el hecho de ser algo, de llevar una etiqueta. Caso contrario cómo se explica que para cierta clase social, "Los Tilingos", según Jauretche: "Los ladrones, los drogadictos, los inadaptados, los vagos, resultan ser siempre los pobres".

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario