Cartas de lectores

Ganó Central, perdimos todos

Perdimos los que habitualmente quedamos en casa, pegados a la radio o al televisor desde el momento mismo que comienza la transmisión, sumando nuestros anhelos al de los esposos, hijos, nietos, que tienen la suerte de estar en la cancha mientras les cocinamos algo especial para festejar el triunfo o para paliar la derrota.

Viernes 09 de Noviembre de 2018

Central ganó, pero todos perdimos.

Perdimos los que habitualmente quedamos en casa, pegados a la radio o al televisor desde el momento mismo que comienza la transmisión, sumando nuestros anhelos al de los esposos, hijos, nietos, que tienen la suerte de estar en la cancha mientras les cocinamos algo especial para festejar el triunfo o para paliar la derrota. O aquellos que les toca trabajar en horas coincidentes con el "clásico", prendidos de una u otra forma a la voz de los comentaristas. Y todos los que contaron las horas que faltaban para entrar al estadio para alentar. Las emociones angustiantes sufridas en los días previos, descargadas en la cancha como terapia enriquecedora a través de los inagotables gritos de aliento. Las apuestas, los bares esperando a los ganadores. Las chicas con colores azules y amarillos, o rojos y negros, sumando la inagotable nota de color. Los más chicos transportándose a través de mamá o papá. El viejo arrastrando como puede su artrosis de siempre, pero que al clásico no se lo pierde por nada. Todos dispuestos a quedarse debajo de la lluvia, el frío o el sol abrumador, inventando cánticos muchas veces irrepetibles fuera de la cancha. Y ellos. Los once y los suplentes listos para la defensa, el ataque, el anhelado gol. Flameando sus piernas al compás de una tribuna que no deja y no deja de alentar. Y todos con la natural taquicardia frente a la amenaza de gol, o la de los minutos finales, por el gol que falta, el del triunfo, el del empate o el de la vergüenza. Sí. Todos perdimos. Los jugadores, los técnicos, los aguateros, los deportólogos, los comentaristas. Todos. Perdimos porque perdimos esa vibra en los corazones de casi toda la sociedad rosarina. El clásico sin gente es como una exclusiva y hermosa obra puesta en escena en un teatro carente de público.

Edith Michelotti


Paralímpicos de antaño

Hace 50 años, cinco rosarinos integramos la delegación argentina que compitió en la Paralimpíadas realizadas en Israel durante el mes de noviembre de 1968. El lugar fue producto del destino. México, sede designada en primer término para esos juegos, había sufrido tiempo antes un grave terremoto que le imposibilitó su organización. Israel se ofreció como país sustituto, y allá fuimos. Con la energía de la juventud deportiva y las ansias de ganar de aquel entonces. Resultó ser la delegación de atletas discapacitados que más cantidad de medallas trajo al país luego de un evento internacional, 30 en total. La ecuación era fácil, 10 de oro, 10 de plata y 10 de bronce. Entre nosotros, Susana Olarte, la primera mujer rosarina que ya tenía en su haber una medalla de oro ganada en las Paralimpíadas de Japón 1964; y Miguel Angel Gonzalez, mi gran amigo, deportista mayúsculo, ahora compartiendo el cielo con los grandes. ¿Qué nos quedó de aquella aventura? Las medallas, por cierto. Pero éstas, con el tiempo, pasan de la vitrina a algún cajón, después integran el anecdotario familiar y finalmente pertenecen al pasado. Lo que perdura afianzado en nuestro espíritu es haber estado allí, en ese tiempo y lugar que por suerte nos tocó vivir, compartiendo un enorme conglomerado de deportistas, razas, idiomas y costumbres diferentes. Con España, éramos los únicos países de habla castellana. Y además, lo impactante a nuestra joven edad, el Muro de los Lamentos, la Iglesia de Belén, recorrer Jerusalén y lugares antiquísimos de épocas milenarias. Es nuestra vieja historia, de hace ya 50 años.

Carlos Alberto Carranza


Una noticia preocupante

En La Capital del 1º de noviembre leí una noticia muy preocupante que habla acerca del porcentaje de pobreza que tiene nuestro país. Realmente es alarmante pensar cuantas personas están en situación de pobreza, con carencia de salud, alimentación, educación, es decir lo básico para la vida de cualquier ser humano. Pero lo que me llamó la atención, en otra nota, es ver cómo los políticos de nuestra provincia ya se están peleando para ver qué lugar van a ocupar en las listas de las próximas elecciones (falta un año). Da la sensación de que a ellos no les preocupa la pobreza o los problemas económicos por los que estamos pasando los ciudadanos de a pie. Sólo les interesa su acomodamiento para los próximos años, y para lograrlo en los discursos de campaña nos van a prometer el paraíso. Nunca escuché de ninguno de ellos (legisladores nacionales, provinciales, municipales y comunales) proponer bajar sus gastos y prebendas (autos, choferes, secretarios, asesores, viáticos y tantos otros que debemos ignorar) para colaborar con la economía del país. Sería un signo que demostraría que están para mejorar el nivel de vida de la gente. El ciudadano común ya está cansado de escuchar a los gobernantes que les pidan más sacrificios, y por otro lado ver cuánto ganan y gastan ellos.

Jorge Soroeta


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