Miércoles 10 de Septiembre de 2008
Cada 11 de septiembre, imaginariamente vuelvo hacia mis años ya idos, cuando durante 22 años conmemoraba el Día del Maestro con mis niños campesinos en un aula humilde, acogedora, poblada de voces, impregnadas de humildad, con caritas morenas, con sonrisas a veces tristes, pero todas inocentes, con pies descalzos que se hamacaban debajo del banco, guarecidos todos, incluso yo en el edificio que hacía de escuela rancho. Al recordar me invade una corriente de nostalgia e imaginariamente vuelvo a ese sitio obedeciendo a un llamado interior. Ahora, hace 12 años que estoy en la ciudad viendo otros hábitos, otras costumbres, pero ello no borra de mi mente el momento solitario que importaba la celebración del Día del Maestro en los campos de mi Santiago del Estero, donde los golpes del corazón parecían repicar con más fuerza. Pero sobre la celebración del 11 de septiembre, y sin intención de ofender a madres, hago una simple comparación en cuanto al regalo del maestro de la zona rural y de los colegios más cotizados de la ciudad. En el interior el regalo es más natural, más valioso, más real. Y digo así porque los maestros que trabajamos en el campo recibimos el 11 de septiembre, la mejor señal de afecto, un beso en la mejilla, un cálido abrazo o la ofrenda de una flor silvestre que se presta prontamente para el homenaje. Sin resentimiento veo que ese día los maestros de la ciudad reciben regalos bien presentados y tal vez costosos, pero también una flor de los desposeídos. Pensando como docente digo que los regalos costosos deben suprimirse porque comprometen la imparcialidad del maestro y suelen mortificar moralmente al compañero que no puede hacerlo o compartirlo. Casi siempre esa desigualdad hiere al niño en su época formativa y queda marcado con perspectivas inciertas.
Chela Pazos, edupazos@hotmail.com