El dominio de la industria tecnológica

Miércoles 15 de Febrero de 2023

Una porción considerable del dominio que ostentan las principales compañías de la industria tecnológica está basada en la fascinación que sus productos generan. Al mismo tiempo, para que estos seductores anzuelos logren tan eficazmente sus cometidos, es necesario que se reduzca el valor de lo mental.

¿Cómo se logra esto? De muchas maneras. Un hito simbólico ocurrió hace 27 años, el 10 de febrero de 1996, cuando la supercomputadora Deep Blue, fabricada por IBM, le ganó una partida al ajedrecista Garri Kasparov. El día siguiente subieron las acciones de la marca. Este es el drama de nuestro tiempo: que el ser humano, alienado y con su autoestima por el piso, apuesta cada vez más por la máquina.

En la contienda entre Deep Blue y Kasparov se enfrentaron dos formas distintas de pensamiento: el cálculo bruto de las computadoras versus el pensamiento característico del hombre.

En principio, la velocidad descomunal de la máquina, capaz de procesar alrededor de doscientas millones de posiciones por segundo, contrasta despiadadamente con las posibilidades humanas —apenas dos o tres posiciones por segundo— aunque la clave heurística está en imaginar sólo las jugadas necesarias, las conducentes al jaque mate. Y estas son, por cierto, muy pocas.

Deep Blue opera como un idiota especializado, que luego de cada jugada tiene que revisar nuevamente todas las alternativas posibles. No puede pensar heurísticamente, solo puede calcular. En este caso, la clave reside no en las posibilidades humanas —imaginar, intuir, desechar o crear estrategias—, sino en la fenomenal velocidad de cálculo bruto, capaz de revisar todas las alternativas en menos tiempo que el contrincante.

Para sintetizar, podríamos decir que tanta idiotez ultraveloz —por llamarla de alguna manera— puede ser muy eficaz, aunque dista mucho de igualar el potencial mental humano.

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