Cartas de lectores

El coronavirus y los pelotudos

Con la dispensa de la Real Academia en el uso de la palabra que el Negro Fontanarrosa impulsara, quiero hoy escribir sobre todos ellos.

Domingo 22 de Marzo de 2020

Con la dispensa de la Real Academia en el uso de la palabra que el Negro Fontanarrosa impulsara, quiero hoy escribir sobre todos ellos. Todos sabemos que el hecho de ser portadores de este singular adjetivo o sustantivo, (ambos valen), no les permite darse cuenta de que lo son. Pero nosotros, los otros, convivimos con ellos desde siempre. Si bien quien más quien menos, tenemos defectos y algunas miserias, porque ¿quién en el transcurso de su vida no ha reconocido alguna vez errores, pedido disculpas y cambiado de actitud por ello?, no somos pelotudos. En ocasiones “actuamos pelotudamente”, pero al darnos cuenta, rectificamos y crecemos. Crecemos, sí, porque de escalas de valores hablando, el pelotudo está muy bajo, movilizado en general por la soberbia, el “me lo sé todo”, por puro pelotudo, nomás. Y jode. Molesta. Impide muchas veces el avance de una sociedad. ¿Quién no tiene o ha tenido algún problema por causa de ellos? Pero ahora es distinto, porque la Argentina los tiene como enemigos potenciales. Los llamados Covid-19 (coronavirus) están atacando al mundo y llegando a nuestro país. Han dejado una triste historia de muertes en Italia, España y Francia, especialmente, que pudo haber sido muy distinta si no hubieran ayudado los pelotudos. No ignoramos que tomaron el cierre de escuelas, espectáculos, trabajos, entre otros, por vacaciones y salieron a diseminar virus por todas partes, creando pérdidas de vidas tan valiosas como la suya o la mía. Acá en Argentina se creó esa palabra. Quizás porque tenemos el número más grande de pelotudos. No lo sé. Sólo sé que esta vez son una real amenaza, porque si no siguen las instrucciones, van a contagiarnos, a usted, a mí y a todo el que tenga cerca. Y nos enfermaremos. Y muchos moriremos. Por ello sugiero, en este crucial momento donde aún no tenemos casos autóctonos, nos pongamos a trabajar con el lavado de manos, el aislamiento, con todo lo indicado por las autoridades, pero intentemos simultáneamente concientizar a los pelotudos, porque creen que esto de la pandemia es publicidad periodística, no es realidad, y por ello los vemos vacacionando, amontonados en las colas de los supermercados, festejando cualquier cosa todos juntos o regresando de otros países sin guardar la cuarentena correspondiente. No se protegen, porque están convencidos de que acá “no pasa nada”. Por ello tampoco nos protegen. Hagamos algo. Hablémosle, insistamos. Todos tenemos un pelotudo cerca. Si logramos algo, no sólo habremos salvado vidas, sino también crecido como sociedad. Si se anima a intentarlo, le deseo buena suerte. Gracias por leer.

Edith Michelotti

La frivolidad y la pandemia

La Sección Escenario del Diario La Capital (página 19), informa que la nieta de la nonagenaria “señora de los almuerzos”, reemplazará hasta nuevo aviso a su abuela en la conducción del inveterado programa televisivo. La veterana conductora intenta, en esta etapa culminante de su vida, que la historia la incorpore al panteón de los próceres. La frivolidad, nota distintiva de tales emisiones, forma parte de la esencia del ser humano y constituye una cualidad negativa que se intensificó paralelamente al progreso material que registró la civilización. No se tomó licencia alguna, aún en las circunstancias más dramáticas: guerras, catástrofes naturales, y particularmente, en aquellos momentos en que la peste asolaba a la humanidad. Pero la peste, también produjo un marco favorable al desarrollo de las letras italianas: en plena época de la epidemia florentina (1348/1353) fue escrita una obra literaria sublime, cual fue el “Decamerón”.

Pero de la banalidad, común denominador de las emisiones televisivas, protagonizadas por la dama que en estos días será reemplazada por su nieta, escaso aporte cultural puede esperarse. Los programas se resumen en la difusión de conversaciones insustanciales, en el marco de almuerzos compuestos de menúes sofisticados con pretensiones de buen gusto. Ello, dejando a salvo el legítimo prestigio de numerosos invitados en cada ocasión.

Jorge Arévalo

DNI 10.189.789

Una chozna de Manuel Belgrano

“El 22 de julio de 1992 visitaba la casa de Olga Gabriela Fulco de Casaccia, prosecretaria del Instituto Belgraniano, la señora Andrea Luz Belgrano. El 23 de julio visitaron el Monumento Histórico Nacional a la Bandera con el presidente del Instituto, Carlos Giannone”. La chozna del prócer dijo: “Nunca me imaginé el fervor que los rosarinos sienten por Manuel Belgrano”. La recibió la directora general del Monumento, Graciela Greppi. “Andrea Luz nació casualmente el 27 de febrero de 1960. Su abuelo era el doctor Mario Belgrano. Andrea es chozna del general Manuel Belgrano por la siguiente rama. Su padre Mario Carlos Belgrano es hijo del ya citado Mrio. Este a su vez es hijo de Flora Vega Belgrano, quién se casó con Juan Carlos Belgrano, su primo, Flora Vega Belgrano es hija de Manuel Vega Belgrano y de Doña Manuela Mónica Belgrano, hija reconocida en el testamento del General Manuel Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, creador de nuestra bandera. El gran patriotismo que observó Andrea Luz hizo que prometiera al despedirse volver a Rosario si alguien la invitara para algún acto alusivo a Belgrano. Recibió regalos del Centro Lígure (genovés), puesto que el padre del prócer era genovés, y recibió una medalla del Instituto Belgraniano de San Nicolás. Estaba presente Silvio Vacarezza, presidente de la Federación de Centros Italianos. Cerraron los actos el 24 de septiembre en la Cripta del Monumento”. Andrea Luz dijo: “Tengo una emoción muy especial, mi padre y abuelos supieron hacer valorar en mí el amor por los mayores, que hoy siendo yo madre comprendo. Sólo digo muchas gracias”. “La señora Belgrano reside en Buenos Aires, en Olavarría, con el rosarino Osvaldo Cristofanelli, tiene dos hijas, Josefina y Victoria”. Recopilado de la Revista de Historia de Rosario N° 41 – 1993. Compiladora Mirta Belmonte de Ratti. (Quiero agregar que Osvado Cristofanelli, el esposo de Andrea Luz, fue compañero mío en Rosario en la escuela primaria. Un gran compañero de la infancia.

Mirta Belmonte

Estamos viviendo un clima de guerra

“Mamá, ¿esa vacuna es para no morirme?”, le oí preguntar en voz temblorosa a un pequeño, de no más de seis, mientras su madre pagaba la aplicación de alguna vacuna en la caja de la farmacia. “No me gusta que digas eso”, lo retó su madre, mientras una criatura asustada por el cercano pinchazo y lo que habría escuchado a sus padres comentar se hundía en el silencio. A escasos pasos de ellos, un “A un metro, por favor” seco y descortés en boca de una mujer, bronceada y sin protección personal alguna, pretendía ordenar bajo protocolo la distancia en una fila que apenas cabía en el recinto y la acera. Carteles de “No hay alcohol, barbijos ni guantes”, faltantes de drogas básicas, y niños sentados en una cerámica que no brillaba de pulcritud cerraban una particular viñeta y alguna no muy alentadora predicción. Esta escena replicada en millones y sumada a lo poco oficialmente dicho y mucho inferido de una realidad que aún no se blanquea en Argentina y acarrea como bagaje a un panorama de crisis sanitaria, alimentaria, educativa, moral y económica sin precedentes, pronostica un catastrófico desenlace. No hay tiempo para educar, ni persuadir ante el panorama que el Covid-19 nos pinta; guste o no es hora de imponer respetando derechos cívicos, acotando muy bien permisos y órdenes, controlando funciones y actores para evitar excesos. Es momento de que la democracia se apoye en su garante las FFAA. y los argentinos todos (de la ideología que fueren) lo acepten, porque lo que se viene, eso para lo que no se educó ni preparó a nuestra sociedad, va a parecerse a un clima de guerra.

Karina Zerillo Cazzaro

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