Miércoles 02 de Junio de 2021
Los vocablos pájaro y flor sean, tal vez, los más mencionados en la poesía a través de los tiempos. Los ejemplares de los dos reinos (animal y vegetal), en todo el mundo, han sido clasificados científicamente para unificar su nombre, en una nomenclatura llamada binominal (de género y especie), utilizando los idiomas, latín y griego para designarlos. Esta ciencia que trata de los principios de la clasificación, en especial en la zoología y en la botánica se la denomina “taxonomía”, del griego “taxos” (órden) y “nomos” (norma). El creador de este sistema fue el naturalista, zoólogo y botánico sueco Carlos Linneo, quién vivió entre los años 1707 y 1778. En el año 1978, el diario La Razón, de Buenos Aires, hizo una encuesta entre niños de escuelas primarias, sobre cuál debiera ser, por su presencia, por sus cualidades y por su comportamiento, “el ave de la Patria”. El sondeo de opinión tuvo gran éxito, participaron cerca de 40.000 escolares. Obtuvo el primer puesto el hornero, con 10.725 votos, segundo el cóndor con 5.803, tercero el tero con 4.002, cuarto el ñandú con 3.327, quinto el chajá con 2.724 y sexto el chingolo con 2.622. Además del científico, existe el nombre vulgar con que lo llama el pueblo y que varía según las regiones. Al ave ganadora se la conoce como, hornero, casero, caserito, pájaro albañil, y el científico de Linneo es “furnarius rifus”, del latín, hornero rojo. La flor de ceibo fue declarada flor nacional argentina, por decreto del Poder Ejecutivo de la Nación del 23 de diciembre de 1942. Su nombre vulgar “zuinadi” en guaraní, flor de coral, pico de gallo, ceibo macho. Su nombre científico es “eritrina crista galli”, traducida “roja cresta de gallo”, por su parecido con ésta. El ceibo, exponente floral de nuestro país, ha sido evocado en leyendas aborígenes y cantada por poetas y motivos musicales, que han enriquecido nuestro folclore, como en la famosa canción Anahí. Quiero compartir con ustedes el deleite que me produjo saber de estos dos emblemas de nuestra Patria, tal vez los menos conocidos, y también es mi deseo que se divulguen entre nuestros niños y nuestros jóvenes.
Omar Alfredo Re