Jueves 06 de Marzo de 2008
Penosa imagen la de un político coimeando. La gente honesta y trabajadora deposita sus esperanzas, su fe en una buena administración de los bienes e intereses públicos a alguien que cree que es honesto, que lo convence con su carisma, su discurso sincero y servicial. Y de repente es un vil simulador corrupto. Esto es verdaderamente una estocada a la credibilidad del sistema, máxime cuando la liebre siempre salta por el periodismo, que es prácticamente el único órgano de esta sociedad que administra justicia, o que obliga a la Justicia a expedirse para no ponerse más en evidencia. En una sociedad sana las "desviaciones" de corruptos dirigentes deberían ser descubiertas por la oposición política que con pruebas, sensatamente y con hidalguía denuncie ante una Justicia independiente que a su vez sentencie con fallos ejemplificadores. Fallos que disipen alguna remota idea de cualquier otro funcionario de intentar algo parecido. Me temo que esta forma "light" de encarar estos problemas nos va haciendo a la idea de que todo es aceptable, que la convivencia con la corrupción es una forma más de vida, y a largo plazo se termina claudicando en la aspiración de pretender un cambio. De todas maneras, habrá que renovar las esperanzas de que la democracia contiene dentro de sí el gen que posibilita a largo plazo la depuración de sus indeseables detractores corruptos, aunque en nuestro país parezca lo contrario.
Carlos A. Biagioli, carlosbiagioli@hotmail.com